La nueva ofensiva económica de la administración de Donald Trump contra Irán topa con un obstáculo de primer orden: China. El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, ha anunciado la llamada "Operación Economic Outcast", con la que Washington amenaza con imponer sanciones a los países que sigan haciendo negocios con Teherán. Sin embargo, el futuro de la estrategia estadounidense dependerá en buena parte de si consigue presionar a Pekín, principal comprador del petróleo iraní.
China ha sido durante años una vía esencial de ingresos para el régimen iraní. El país asiático compra la gran mayoría de las exportaciones de crudo de Teherán, por un valor de decenas de miles de millones de dólares anuales, y mantiene otros vínculos comerciales con Irán.
Convencer a Pekín para que renuncie a esta relación, sin embargo, será especialmente difícil. El gobierno chino rechaza las sanciones unilaterales de Estados Unidos y defiende el derecho a mantener relaciones comerciales con países como Irán y Rusia. Tras las declaraciones de Bessent, el Ministerio de Exteriores chino ha advertido de que tomará "todas las medidas necesarias" para proteger sus derechos e intereses legítimos.
"El máximo de presión y la guerra económica no ayudarán a resolver el problema", ha afirmado el portavoz ministerial Lin Jian, que ha advertido de que estas políticas pueden agravar las tensiones y alterar el orden económico y financiero mundial.
¿Estados Unidos quiere presionar a Pekín?
La presión estadounidense llega, además, en un momento especialmente delicado en las relaciones entre Washington y Pekín. El presidente chino, Xi Jinping, tiene previsto visitar Estados Unidos el próximo mes, en un encuentro que podría servir para avanzar en la extensión de la tregua comercial entre las dos potencias. Una escalada de las sanciones contra empresas o bancos chinos podría complicar gravemente esta cumbre.
Estados Unidos, sin embargo, dispone de mecanismos para presionar a Pekín. China importa petróleo iraní mediante una red de refinerías independientes, puertos, barcos y estructuras financieras diseñada para quedar al margen del sistema dominado por el dólar y de las sanciones estadounidenses.
Según Max Meizlish, analista de la Foundation for Defense of Democracies, muchas de las empresas implicadas tienen vínculos directos o indirectos con grandes corporaciones estatales chinas integradas en el sistema financiero internacional. Washington podría, por tanto, sancionar a sus filiales y presionar a las matrices para que rompieran estos vínculos.
Pero cruzar esta línea roja comportaría riesgos. Los analistas chinos consideran que Pekín respondería con contundencia si Washington sancionara a grandes bancos del país. Además, China dispone de un importante poder de presión sobre Estados Unidos, especialmente por su control de una parte significativa del suministro mundial de tierras raras.
A pesar del enfrentamiento, Pekín también tiene incentivos para contribuir a reducir la tensión. Las compras chinas de petróleo iraní ya han disminuido respecto al año pasado, mientras que el conflicto ha afectado gravemente a la navegación por el estrecho de Ormuz. Xi ha reclamado la recuperación del "paso normal" por esta vía estratégica y una solución global al conflicto.
Así, China podría reducir discretamente sus importaciones o presionar a Teherán para que modere su posición, pero difícilmente lo presentará como una concesión a Trump. Según Zhao Long, del Instituto de Estudios Internacionales y de Seguridad Estratégica de Shanghái, Pekín puede contribuir a poner fin a la crisis, pero no quiere convertirse en un instrumento de la estrategia estadounidense de máxima presión.