¿Y si trabajáramos menos, consumiéramos menos y viviéramos mejor? El plan global que desafía el futuro

El futuro acostumbra a explicarse con palabras que empiezan por más. Más tecnología. Más consumo. Más producción. Más crecimiento. Pero un grupo de economistas e investigadores internacionales ha decidido imaginar un relato diferente. ¿Y si la prosperidad del siglo XXI no dependiera de tener más cosas, sino de repartir mejor los recursos, trabajar menos horas y reducir la presión sobre el planeta?

La pregunta está en el centro del Global Justice Report, presentado esta semana en París por el World Inequality Lab durante la Conferencia Mundial sobre Desigualdad 2026. El documento, elaborado por 45 autores y basado en el trabajo de más de 200 investigadores de todo el mundo, plantea una idea tan ambiciosa como controvertida: elevar el nivel de vida de la inmensa mayoría de la población mundial y, a la vez, mantener el calentamiento global por debajo de los dos grados a finales de siglo.

La propuesta llega en un momento de fuertes turbulencias globales. Las guerras continúan marcando la agenda internacional, las temperaturas baten récords con una frecuencia creciente y la desigualdad económica se ha convertido en una de las principales fuentes de tensión política. Ante este panorama, los autores del documento sostienen que las crisis climática y social no son dos problemas separados, sino dos caras de una misma realidad.

La gran pregunta: ¿cuándo es suficiente?

El concepto que articula el informe es el de la "suficiencia". No habla de pobreza ni de renuncias forzadas. Tampoco defiende una economía en recesión permanente. Lo que propone es redefinir la prosperidad. Según explican los investigadores, una buena vida no depende necesariamente de un consumo material cada vez más elevado. Su tesis es que una parte importante del bienestar humano proviene de factores como la salud, la educación, el tiempo disponible, la calidad de las relaciones sociales o la seguridad económica.

Esta idea conecta con un debate cada vez más presente en el ámbito académico. En un análisis publicado esta misma semana por The Guardian, varios expertos vinculados al proyecto cuestionan que el Producto Interior Bruto continúe siendo la principal medida del progreso de las sociedades. Según estos investigadores, la felicidad, la salud o la sostenibilidad ambiental deberían tener un peso equivalente en la definición del éxito colectivo.

Trabajar menos para vivir mejor

Entre las medidas que plantea el informe hay una que parece casi revolucionaria en un mundo acostumbrado a la hiperactividad: reducir drásticamente el tiempo de trabajo. El objetivo final sería pasar de una media global de unas 2.100 horas anuales a unas 1.000. Dicho de otra manera, una semana laboral equivalente a poco más de dos días y medio.

La propuesta puede parecer radical, pero sus impulsores recuerdan que la historia del trabajo es también la historia de una reducción progresiva de las horas laborales. Thomas Piketty, uno de los directores del World Inequality Lab, señala que la jornada laboral europea ya se ha reducido aproximadamente a la mitad desde el siglo XIX. Según su análisis, el reto no es tanto técnico como político. Los autores vinculan esta transformación a un cambio de prioridades económicas. El documento defiende trasladar inversiones hacia sectores como la educación, la sanidad y los cuidados, actividades que generan empleo y bienestar con una huella material muy inferior a la de industrias intensivas en energía o recursos naturales.

La otra cara de la moneda: la desigualdad

Pero, de nuevo, el corazón del debate no es solo ecológico. También es profundamente político. El informe parte de la idea de que no se podrá impulsar una transición climática efectiva si no se afronta antes la concentración extrema de riqueza. Según datos recientes, publicados por Oxfam con motivo del Foro Económico Mundial de Davos, la fortuna global de los multimillonarios creció más de un 16% durante el 2025 hasta alcanzar los 18,3 billones de dólares, el nivel más alto jamás registrado. La misma organización señala que el número de multimillonarios ya supera los 3.000 en todo el mundo.

Estas cifras contrastan con otro dato destacado por Oxfam: cerca de la mitad de la población mundial sigue viviendo en situación de pobreza o vulnerabilidad económica. Según la organización, la concentración de riqueza también se traduce en una concentración creciente de poder político e influencia institucional.

Ante este escenario, el Global Justice Report defiende impuestos más elevados sobre las grandes fortunas y la creación de mecanismos internacionales para financiar la transición energética. Sus cálculos apuntan a que los ingresos del 89% de la población mundial podrían aumentar de manera significativa antes de finales de siglo, mientras se reduciría el peso de los patrimonios más extremos.

¿Utopía u hoja de ruta?

Los mismos autores admiten que muchas de sus propuestas parecen difíciles de imaginar en un momento marcado por los nacionalismos, las tensiones geopolíticas y la fragmentación internacional. Sin embargo, argumentan que buena parte de los derechos sociales que hoy se consideran irrenunciables también fueron calificados de utópicos en el pasado. La jornada de ocho horas, la educación universal o los sistemas públicos de salud nacieron como ideas que muchos consideraban inviables.

Quizás por eso el valor principal del documento no reside tanto en sus cifras como en la pregunta que deja abierta. En una época dominada por los discursos de la escasez, el miedo climático y la polarización política, el Global Justice Report propone un ejercicio poco habitual: imaginar un futuro en el que la prosperidad no se mida por la cantidad de cosas que producimos, sino por la calidad de vida que somos capaces de compartir. Y, en un mundo acostumbrado a competir por casi todo, esta puede ser la propuesta más disruptiva de todas.