El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha vuelto a sacudir el escenario internacional con una propuesta tan ambiciosa como improbable: ampliar los Acuerdos de Abraham en medio de la guerra abierta entre Israel e Irán. La iniciativa busca incorporar nuevos países árabes y musulmanes a una alianza diplomática con Israel justo cuando la región vive uno de los momentos más tensos de las últimas décadas.
Trump habría planteado a Arabia Saudita, Catar, Egipto, Jordania, Turquía e incluso Pakistán la posibilidad de añadirse a este pacto impulsado durante su primer mandato. La idea llega mientras Washington intenta negociar una salida al conflicto con Teherán y después de una ofensiva militar que ha dejado la zona aún más fragmentada e inestable.
Israel, un país con imagen deteriorada
La propuesta, sin embargo, choca con una realidad política y social mucho más dura de lo que aparenta la retórica de la Casa Blanca. En buena parte del mundo árabe, la imagen de Israel se ha deteriorado aún más a raíz de la guerra de Gaza y de los ataques recientes contra Irán. Para muchos gobiernos de la región, acercarse ahora a Benjamin Netanyahu equivaldría a asumir un coste político enorme ante una población cada vez más hostil al Estado israelí.
En Arabia Saudita, por ejemplo, la normalización con Israel siempre ha estado condicionada a avances reales hacia un estado palestino. Pero este escenario parece hoy más lejos que nunca. Las operaciones israelíes en Gaza, la crisis humanitaria y el aumento de la violencia en Cisjordania han reducido prácticamente a cero el margen para concesiones diplomáticas.
Mientras tanto, la guerra con Irán continúa generando consecuencias económicas y estratégicas en toda la región. El cierre parcial del estrecho de Ormuz ha golpeado el comercio y la energía, afectando especialmente a las monarquías del Golfo, que intentan vender una imagen de estabilidad y modernidad para atraer inversiones occidentales. Ahora, estos mismos países se encuentran atrapados entre la dependencia de Estados Unidos y el miedo a una escalada aún mayor con Teherán.
La paradoja es evidente: Trump intenta presentarse nuevamente como el gran negociador capaz de transformar el Próximo Oriente mientras la situación sobre el terreno apunta justo en dirección contraria. Incluso la idea de que Irán pueda acabar integrándose algún día en los Acuerdos de Abraham ha sido recibida con incredulidad tanto por analistas como por diplomáticos internacionales.
Trump necesita resultados
Detrás del movimiento también hay cálculo político. El presidente estadounidense necesita exhibir victorias exteriores después de una guerra que no ha dado los resultados rápidos que prometía y que ha desgastado su popularidad interna. El anuncio le permite mantener el relato de hombre fuerte y visionario mientras las negociaciones con Teherán avanzan lentamente y sin garantías.
Pero en Oriente Próximo, los grandes titulares a menudo chocan contra una realidad mucho más compleja. Y esta vez, la sensación dominante en la región no es de reconciliación inminente, sino de una desconfianza cada vez más profunda hacia Washington, Israel y las promesas de paz exprés de Donald Trump.