La visita de Vladímir Putin a Pekín llega en uno de los momentos más delicados para el Kremlin desde el inicio de la invasión de Ucrania. El presidente ruso se reúne este martes y miércoles con Xi Jinping con el objetivo de reforzar los lazos comerciales y energéticos con China, en medio de una economía rusa cada vez más condicionada por la guerra y las sanciones occidentales. Moscú aspira a desbloquear proyectos clave como el gasoducto Poder de Siberia 2, que debería permitir exportar hasta 50.000 millones de metros cúbicos anuales de gas hacia China a través de Mongolia. Pero el control de las negociaciones continúa en manos de Pekín, que mantiene una posición de fuerza ante una Rusia con menos margen de maniobra.

Desde el inicio de la guerra, la dependencia rusa de China se ha acentuado. Si antes de la invasión Pekín representaba el 16% de las exportaciones rusas, ahora ya absorbe cerca del 30% del comercio exterior de Moscú. Paralelamente, el peso de Europa como mercado para los hidrocarburos rusos se ha desplomado. La transformación también es visible dentro de Rusia y las marcas chinas han sustituido buena parte de los fabricantes occidentales, especialmente en el sector del automóvil, después de la retirada de compañías europeas y japonesas a raíz de las sanciones.

A pesar de ello, la relación entre ambos países está lejos de ser equilibrada, ya que China continúa comprando petróleo, gas y carbón rusos con importantes descuentos, mientras vende a Moscú tecnología, componentes industriales y productos electrónicos. Pekín, sin embargo, evita ir más allá en el apoyo militar y mantiene la prioridad en sus relaciones económicas con Occidente.

El encuentro también coincide con un contexto internacional de máxima tensión. La guerra en Irán y la vulnerabilidad del estrecho de Ormuz han incrementado el interés chino por los suministros energéticos rusos por vía terrestre. Este escenario refuerza el valor estratégico del gas ruso, pero no altera el desequilibrio de fondo: China tiene alternativas; Rusia, cada vez menos. Además, la economía rusa comienza a notar los efectos acumulados del esfuerzo bélico. El gobierno ruso ha recortado la previsión de crecimiento para 2026 del 1,3% al 0,4%, después de una contracción del 0,3% durante el primer trimestre. Los costes de la guerra, los tipos de interés elevados, la presión fiscal y las dificultades para exportar energía a Europa complican el futuro económico del país.

Mientras tanto, Xi Jinping consolida el papel de China como centro de gravedad geopolítico. En menos de una semana, Pekín ha recibido a Donald Trump y Vladímir Putin, una imagen que refuerza la capacidad de China para mantener interlocución con ambos bloques mientras amplía su influencia internacional.