Por primera vez en más de cuarenta años, el Líbano e Israel se ven cara a cara en una mesa de negociación directa. El escenario es Washington, pero el ambiente dista mucho de ser el de un acercamiento real: las expectativas son bajas y el pesimismo, alto. La reunión llega en medio de una guerra reciente que ha dejado más de 2.000 muertos en el Líbano y con las heridas aún abiertas, hecho que condiciona cualquier intento de diálogo.

Los interlocutores son el embajador israelí en Estados Unidos, Yechiel Leiter, y la representante libanesa, Nada Hamadeh Moawad, tal y como destaca la agencia Efe. A pesar de la importancia simbólica del encuentro, el nivel político es discreto, una muestra más de la cautela —o falta de ambición— con la que se ha planteado este primer contacto.

Dificultades antes de empezar a hablar

El principal escollo aparece incluso antes de empezar: no hay acuerdo ni siquiera sobre el objetivo inmediato. Beirut quiere un alto el fuego que permita abrir una negociación más profunda, mientras que Israel rechaza frontalmente detener las hostilidades en esta fase. El presidente libanés, Joseph Aoun, ha advertido que sin concesiones mutuas no habrá avances reales, pero la distancia entre posiciones sigue siendo abismal.

A todo esto se suma la oposición frontal de Hezbolá. Su líder, Naim Qassem, ha calificado las conversaciones de “rendición” y ha denunciado que el gobierno libanés no puede negociar sin consenso interno. El movimiento chií, que mantiene un enfrentamiento activo con Israel, considera que cualquier diálogo en estas condiciones debilita el país.

Otro de los puntos más delicados es el desarme de Hezbolá, exigencia clave de Israel. Aunque el gobierno libanés ha aprobado planes en esta dirección, la realidad sobre el terreno es mucho más compleja. El grupo armado se niega a abandonar las armas alegando que esto dejaría al Líbano expuesto. Forzar este desarme podría desencadenar un conflicto interno, un escenario que muchos temen tanto como la guerra con Israel.

Por su parte, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, mantiene demandas difíciles de aceptar para Beirut. Entre ellas, la creación de una zona de seguridad en el sur del Líbano que llegaría hasta el río Litani. Esta pretensión, sumada a operaciones militares en curso y planes sobre el territorio fronterizo, complica aún más cualquier entendimiento.

Un bucle diplomático (¿y eterno?)

Sin una hoja de ruta clara ni consensos mínimos, el proceso parece encallado antes de empezar. Ni siquiera la mediación norteamericana, que en el pasado consiguió una tregua temporal, parece tener ahora suficiente fuerza para desbloquear la situación. El resultado es un bucle diplomático donde cada parte repite las mismas condiciones de siempre: retirada israelí, fin de los ataques y reconstrucción por parte del Líbano; desarme total de Hezbolá por parte de Israel. Un círculo cerrado que se reproduce en Washington y que, de momento, deja la paz más lejos que nunca.