En junio de 2022, cuando ya era evidente que la invasión de Ucrania no sería cuestión de unos pocos días, un hombre separado de cuarenta años de la región de Volgogrado, en el sureste de la Federación Rusa, decidió alistarse en el grupo de mercenarios Wagner. No le empujaban motivos ideológicos, explica, más de un año después, durante una entrevista con EFE bajo vigilancia de un soldado ucraniano armado, sino una precariedad económica que le hacía imposible pagar la pensión a su hija. Dmitri, como se identifica uno de los centenares de miles rusos que, por diferentes razones, decidieron participar en la guerra contra Ucrania, decidió ingresar en el ejército privado del difunto Yevgueni Prigozhin para poner fin en su situación crónica de desempleo y poder al fin pagar sus deudas.
"Tenía problemas de trabajo y me recomendaron entrar en Wagner", dice sentado en una silla en el cuarto dónde transcurre la entrevista. "Hasta entonces trabajaba haciendo turnos de lo que encontraba", afirma sobre su vida profesional discontinua y errática. Antes de que le sugirieran ir a esta guerra que, bajo el nombre de 'operación militar especial', se promociona sin pausa "en las teles y las vallas publicitarias" este hombre de un pueblo próximo a la ciudad de Volgograd nunca había empuñado un arma, pero diez días después de firmar su contrato estaba combatiendo en Ucrania.
Entre 1925 y 1961, Volgogrado se llamó Stalingrado. Con el nombre que dejó atrás, la ciudad ocupa un lugar destacado en la historia bélica universal por la batalla en la cual el Ejército Rojo derrotó al invasor nazi después de más de cinco meses de agónicos combates y unos dos millones de bajas. Stalingrado es, todavía hoy, uno de los referentes sentimentales del militarismo expansionista que ahora encarna al presidente ruso, Vladímir Putin.
"Nos hacían meternos en el mismo infierno"
Al menos como cautivo del enemigo, Dmitri no puede estar más lejos del idealismo heroico que se asocia a su región en el imaginario patriótico ruso. La guerra no es para él más que un sitio en el cual la gente muere y mata por objetivos que no son suyos. "Los wagneritas eran tropas de asalto, y nos hacían meternos en el mismo infierno", afirma sobre su primera experiencia con el grupo. Estuvo en Pokrovsk, entre las localidades de Popasna y Bakhmut, de la región de Donetsk, en el este de Ucrania. A principios de agosto del año pasado, "diez o quince días" después de haber llegado, su grupo se vio expuesto al fuego de un helicóptero ucraniano. "No tuvimos tiempo ni de cavar una trinchera", recuerda. Dmitri resultó herido. Después de ser ingresado en dos hospitales, volvió a casa, y el noviembre pasado volvió a las filas de Wagner. En el frente de Bakhmut cayó de nuevo herido, y el motín frustrado de Prigozhin lo sorprendió pescando en Volgogrado.
La última misión
El 20 de julio pasado, más de un año después de su primera experiencia en la guerra, este trabajador precario ruso firmó un contrato con el Ejército regular para volver al frente de Bakhmut. Allí la situación era muy diferente de la que encontró unos meses atrás. Rusia todavía controla esta ciudad de Ucrania oriental, pero lleva desde junio perdiendo terreno en los flancos. Especialmente en el sur de la ciudad, donde fue desplegado Dmitri. "Durante este tiempo tuvimos muchos heridos", dice sobre lo que veía desde su lugar de observación para frenar el avance ucraniano. El 2 de septiembre recibió órdenes de ir a secundar, al lado de un compañero de armas, a un soldado que había quedado sin comunicación en una zona boscosa. Sería su última misión: "Al atravesar la vía férrea, los ucranianos abrieron fuego. Nos tiraron granadas y el soldado que estaba conmigo huyó. Yo quedé herido y me capturaron".
"Solo quiero que me intercambien y olvidar para siempre esta pesadilla"
Menos de tres semanas después de aquello hace balance de que le supuso la guerra. "Solo quiero que me intercambien y olvidar para siempre esta pesadilla". "A la gente la fan trozos con la artillería. Nadie necesita esta guerra, nadie tendría que morir por los intereses financieros de unos políticos", dice con aspecto cansado y gesto aturdido quién se unió voluntariamente a la invasión por unos pocos millares de dólares. Desde su captura, el 2 de septiembre, Dmitri todavía no ha llamado a su familia. "No he tenido tiempo", dice para esquivar la pregunta sobre las razones. Para los ucranianos solo tiene un mensaje: "Gracias para dejarme vivir".