La guerra de Ucrania está entrando en una nueva fase: mientras el frente terrestre avanza con lentitud, la batalla por los cielos se intensifica. Rusia y Ucrania han multiplicado los ataques con drones y misiles contra infraestructuras energéticas, centros logísticos y objetivos militares, en una escalada que está ampliando la geografía del conflicto e incrementando el coste para la población civil.
El elemento diferencial es la capacidad ofensiva de ambos bandos. Ucrania ha perfeccionado rápidamente sus drones de largo alcance y los utiliza cada vez más contra instalaciones situadas a cientos o miles de kilómetros del frente. El objetivo no es solo destruir refinerías o depósitos de combustible, sino dificultar la logística rusa, presionar su economía y obligar a Moscú a dispersar sus sistemas de defensa aérea.
La escalada es especialmente visible en Crimea, donde los ataques ucranianos contra infraestructuras energéticas y de transporte se dispararon en junio. ACLED registró más de un centenar de ataques con drones y misiles en la península ese mes, muy por encima de los 21 de mayo. La organización considera que la campaña busca debilitar las rutas de suministro que sostienen a las fuerzas rusas en el sur.
La intensa campaña de Putin sobre cielo ucraniano
Rusia, a su vez, mantiene una campaña aérea mucho más intensa contra Ucrania. Moscú combina grandes oleadas de drones con misiles de crucero y balísticos para intentar saturar las defensas ucranianas. En las últimas semanas, los ataques han golpeado ciudades, redes energéticas e infraestructuras portuarias, mientras los lanzamientos contra Rusia también afectan a refinerías, barcos e instalaciones industriales. Ambos países presentan estas infraestructuras como objetivos militares legítimos, pero los ataques provocan también daños en zonas civiles.
Los datos de las Naciones Unidas muestran la dimensión humana de la escalada. En junio, al menos 293 civiles murieron y 1.990 resultaron heridos en Ucrania, el peor balance mensual desde abril de 2022. Durante la primera mitad del año, las víctimas civiles llegaron a 1.396 muertos y 7.978 heridos, un 37% más que en el mismo periodo de 2025. Los drones y misiles de largo alcance fueron responsables del 45% de las víctimas registradas en junio.
La dificultad para interceptar estas armas es clave. Los drones pueden llegar en grandes cantidades y obligan a las defensas a gastar recursos por cada oleada de ataques. Los misiles balísticos plantean un problema aún mayor: son muy rápidos y requieren sistemas de intercepción avanzados, entre los que se encuentran los Patriot proporcionados por Estados Unidos.
Ucrania lleva la guerra al interior de Rusia
Esto crea una paradoja. Ucrania está consiguiendo llevar la guerra al interior de Rusia, pero necesita cada vez más defensas para proteger sus propias ciudades. Rusia también tiene que repartir sus sistemas antiaéreos para proteger un territorio inmenso, lo que puede dejar algunos puntos más expuestos. ACLED ha señalado que los ataques masivos pueden llegar a saturar las defensas rusas: aunque la mayoría de drones sean interceptados, los que consiguen atravesar la barrera pueden provocar daños importantes.
El resultado es una guerra en la que la línea del frente explica solo una parte del conflicto. Rusia sigue avanzando en algunos sectores, pero las ganancias territoriales son lentas. Mientras tanto, Ucrania intenta compensar su inferioridad convencional con tecnología, producción masiva de drones y ataques en profundidad.
La batalla aérea, por lo tanto, no es un frente secundario: es una manera de intentar cambiar el equilibrio sobre el terreno. Moscú busca desgastar las defensas y la población ucranianas; Kyiv intenta elevar el coste de la guerra para Rusia y dificultar su ofensiva. Y, de momento, el aumento de los ataques no está acercando la paz, sino haciendo que cada vez más espacio quede expuesto a la guerra.