¿Qué pueden hacer los estados pequeños para evitar ser absorbidos –o condicionados decisivamente– por potencias mucho más grandes? La pregunta no es teórica para Groenlandia. En un momento de creciente incertidumbre geopolítica, el futuro de este territorio autónomo de Dinamarca se ha convertido en un test de resistencia para el orden internacional liberal y para la capacidad de Europa de proteger a sus miembros ante la presión de su principal aliado.

Groenlandia forma parte del Reino de Dinamarca, pero desde 2009 disfruta de un amplio autogobierno y del derecho a convocar un referéndum de independencia cuando lo considere oportuno. Todos sus partidos políticos comparten este horizonte, pero también reconocen una realidad clave: la autosuficiencia económica aún está lejana. Esta dependencia explica por qué, de momento, Nuuk continúa vinculada a Copenhague.

Es precisamente este equilibrio frágil el que ha quedado expuesto por el interés explícito del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, de incorporar Groenlandia a la órbita norteamericana. Lo que inicialmente parecía una boutade diplomática ha ido tomando una dimensión más inquietante, especialmente después de que la Casa Blanca se haya negado a descartar el uso de la fuerza. El precedente de otras acciones unilaterales de Trump ha reforzado la percepción de que la amenaza no es retórica.

Europa y Dinamarca: ¿qué hacer contra Trump?

Para Europa, el escenario es profundamente incómodo. Dinamarca es miembro de la OTAN, y la idea de que la potencia garante de la alianza pueda anexionarse territorio de un aliado habría parecido impensable hasta hace poco. Hoy, ya no tanto. La realidad militar es clara: Groenlandia está mínimamente defendida, mientras que los EE. UU. ya mantienen allí una base estratégica clave desde hace décadas, bajo un acuerdo de 1951 que permite ampliar la presencia militar norteamericana.

Copenhague ha reaccionado incrementando el gasto en defensa ártica y reforzando capacidades militares, pero nadie en Europa se hace ilusiones sobre el equilibrio de fuerzas. En un enfrentamiento directo, la resistencia danesa sería simbólica. Ante esto, la respuesta europea se ha movido en el terreno diplomático: presentar el problema como una cuestión de seguridad colectiva e intentar reconducir el impulso unilateral de Trump hacia el marco de la OTAN.

Esta estrategia –que algunos diplomáticos describen como una forma de “judo transatlántico”– busca transformar la energía rupturista de Washington en cooperación multilateral. El mensaje es claro: si el Ártico es un problema de seguridad, la solución no es la anexión, sino una presencia aliada reforzada. Propuestas como el despliegue de fuerzas de la OTAN en Groenlandia van en esta línea.

¿Qué pasa por la mente de Trump?

Trump, sin embargo, no parece especialmente receptivo. Ha minimizado las advertencias europeas, ha insistido en la amenaza rusa y china sin aportar pruebas nuevas, y ha sugerido que incluso el colapso de la OTAN podría ser un coste asumible. Esto reduce el margen de maniobra de los aliados, que oscilan entre la firmeza retórica y el miedo a una escalada.

El escenario más probable no es una anexión formal, sino un compromiso ambiguo: más presencia militar estadounidense, acuerdos sobre recursos estratégicos y concesiones suficientes para que Trump pueda presentarlo como una victoria, según apunta Al Jazeera. Un “fudge”, en términos diplomáticos. Para Groenlandia, sin embargo, la cuestión de fondo persistirá: cómo preservar la soberanía real cuando la geografía y el poder juegan en contra.