La sola idea de que un país de la OTAN pueda atacar a otro rompe uno de los grandes tabúes de la seguridad internacional contemporánea. Pero el debate ya no es teórico. El renovado interés de los Estados Unidos por Groenlandia, territorio bajo soberanía danesa, ha situado a la Alianza Atlántica ante un escenario hasta ahora inimaginable: ¿qué pasa si la amenaza no viene de Rusia, sino de su miembro más poderoso?

El artículo 5 del Tratado de la OTAN, piedra angular de la defensa colectiva, establece que un ataque contra un aliado es un ataque contra todos. El texto, sin embargo, no prevé explícitamente qué sucede si el agresor es otro miembro de la organización. Una laguna jurídica que, durante 76 años, parecía irrelevante. Ya no lo es. “Si los Estados Unidos deciden atacar a otro país de la OTAN, todo se detiene”, advertía esta semana la primera ministra danesa, Mette Frederiksen.

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El primer ministro de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, durante una rueda de prensa en Nuuk, en medio de la creciente tensión geopolítica sobre la isla / EFE

El lenguaje alarmista de Trump

La preocupación no nace de la nada. Durante la campaña electoral de 2024, Donald Trump cuestionó abiertamente el compromiso estadounidense con la defensa de los aliados que no cumplan los objetivos de gasto militar. Posteriormente, su secretario de Defensa, Pete Hegseth, remarcó que Europa ya no era la prioridad estratégica de Washington. El mensaje sacudió capitales europeas, aunque la reciente cumbre de la OTAN intentó rebajar tensiones con un acuerdo para aumentar el gasto en defensa hasta el 3,5% del PIB en el año 2035.

Pero bajo la superficie, la fractura persiste. “Se ha optado por halagar a Trump, pero no está claro que sea una estrategia sostenible”, alerta Marion Messmer, analista de Chatham House, en The Guardian. Las presiones de EE. UU. sobre Ucrania para que acepte concesiones territoriales a Rusia y el lenguaje alarmista de la estrategia de seguridad nacional estadounidense —que habla incluso del “borrado civilizacional” de Europa— han erosionado la confianza mutua.

Donald Trump / EFE
Donald Trump, presidente de EE. UU. / EFE

¿Qué pasa con Groenlandia?

En este contexto, Groenlandia se ha convertido en un símbolo. El asesor de Trump, Stephen Miller, ha dejado claro que, en un hipotético conflicto, la fuerza prevalecería sobre los tratados. Nadie espera realmente que los demás aliados defiendan militarmente Dinamarca frente a los EE. UU. No solo por falta de voluntad política, sino por una asimetría de poder abrumadora: 1,3 millones de soldados estadounidenses frente a los poco más de 13.000 de Dinamarca, y un gasto militar de los EE. UU. que supera al del resto de aliados juntos.

La OTAN tampoco dispone de mecanismos claros para expulsar a un miembro. El resultado sería una Alianza formalmente intacta, pero políticamente vacía, con su credibilidad gravemente dañada. El gran beneficiario, como tantas veces, sería Moscú.

Más allá de si Groenlandia cambiará de manos alguna vez, el daño ya está hecho. En un momento en que la amenaza rusa sigue muy presente, Europa recibe un mensaje incómodo, pero claro: confiar ciegamente en las garantías de seguridad norteamericanas quizás ya no sea una opción. Lo impensable ya no lo es tanto.