Cuando Vladímir Putin obtuvo la reelección presidencial en 2024, el Kremlin confiaba en que la continuidad al frente del Estado consolidaría la estabilidad política en plena guerra de Ucrania. Dos años después, sin embargo, Rusia llega a las elecciones legislativas de septiembre en un contexto muy diferente: con signos crecientes de desgaste social, una economía bajo presión y un apoyo cada vez más débil al partido gubernamental, Rusia Unida.
Los comicios para renovar los 450 escaños de la Duma Estatal, la cámara baja del Parlament ruso, se celebrarán entre el 18 y el 20 de septiembre. Oficialmente, nada hace pensar que el Kremlin pueda perder el control institucional. Sin embargo, por primera vez desde el inicio de la invasión de Ucrania, la principal preocupación de las autoridades no parece ser tanto el resultado electoral como la percepción pública de su liderazgo. Tal como señala el diario francés Le Monde, dentro del Kremlin existe inquietud por la bajada de la popularidad de Putin y por el aumento del malestar social detectado en varios sondeos.
¿Qué dicen los sondeos?
Según la información facilitada, la intención de voto de Rusia Unida ha caído por debajo del 30%, muy lejos del casi 50% que obtuvo en las últimas legislativas de 2021. Varios factores explican este deterioro. El primero es el cansancio derivado de una guerra que se alarga más de lo previsto y que sigue teniendo un elevado coste humano y económico. El segundo es la pérdida de poder adquisitivo de muchas familias rusas, afectadas por la inflación y el encarecimiento de los productos básicos.
A estos elementos se ha añadido una cuestión aparentemente menor pero con un fuerte impacto social: las restricciones digitales. Los problemas de conexión, las limitaciones en las redes sociales y los controles sobre internet han generado un descontento especialmente visible entre las generaciones más jóvenes y los habitantes de las grandes ciudades. Según varios analistas rusos, muchos ciudadanos asocian estas medidas a los diputados de Rusia Unida y a la voluntad del régimen de reforzar el control informativo.
Este contexto ha permitido el ascenso de formaciones como Nueva Gente, un partido sistémico, pero que ha intentado diferenciarse defendiendo una agenda más tecnológica y mostrándose crítico con algunas restricciones digitales. Sin cuestionar abiertamente el sistema político, la formación ha ido captando parte del voto de protesta urbano y joven.
Putin: ¿amenaza para el poder?
Ahora bien, interpretar estas elecciones como una amenaza real para el poder de Putin sería exagerado. Rusia sigue siendo un sistema fuertemente centralizado, con un control muy estricto de los medios de comunicación, las instituciones electorales y la actividad de la oposición. Organizaciones independientes y numerosos observadores internacionales llevan años denunciando limitaciones a la competencia política. En este sentido, el partido liberal Yábloko, la única formación que se ha opuesto públicamente a la guerra desde 2022, ha visto cómo varios militantes eran perseguidos o excluidos de la vida política.
La gran cuestión, por tanto, no es si Putin conservará el poder. La pregunta es hasta qué punto el Kremlin se verá obligado a gestionar una sociedad cada vez más cansada de la guerra y menos dispuesta a aceptar sacrificios en nombre de un conflicto sin una salida clara. Las elecciones de septiembre probablemente no decidirán el futuro inmediato del régimen, pero pueden ofrecer una fotografía reveladora del estado de ánimo de la Rusia de 2026: una Rusia que sigue bajo el control de Putin, pero que muestra más signos de desgaste de los que el Kremlin querría admitir.
