Unas elecciones regionales en uno de los lands más pequeños de Alemania pueden parecer poca cosa en el mapa europeo. Pero el 43,8% conseguido por la AfD en Sajonia-Anhalt tiene un alcance que va mucho más allá de los 83 escaños del parlamento regional. Es la primera vez desde el fin de la Segunda Guerra Mundial que un partido de extrema derecha gana unas elecciones regionales alemanas y, sobre todo, lo hace con una diferencia lo suficientemente grande para situarse a las puertas de gobernar. La AfD ha conseguido 39 escaños, tres menos de los necesarios para la mayoría absoluta, según los resultados recogidos por Reuters.
El terremoto es, primero, alemán. La derrota de la CDU supone un golpe para el canciller Friedrich Merz, que había convertido en una de sus prioridades frenar el ascenso de la AfD. Según Reuters, el 87% de los votantes de Sajonia-Anhalt se mostraban insatisfechos con el gobierno federal. El resultado, por lo tanto, no solo habla de la extrema derecha: también habla del cansancio con los partidos que han gobernado Alemania durante décadas. Y eso tiene consecuencias para Europa.
Alemania continúa siendo la principal economía de la Unión Europea y uno de los países con más capacidad para marcar sus políticas. Si el gobierno de Berlín queda más debilitado, también le resulta más difícil liderar respuestas comunes en un momento en que Europa acumula problemas: la guerra de Ucrania, la presión comercial de China, las tensiones con Estados Unidos y la necesidad de aumentar el gasto en defensa.
Lo que preocupa en Bruselas
La AfD no es simplemente un partido que quiere restringir la inmigración. Su programa cuestiona algunos de los fundamentos del actual proyecto europeo. Defiende abandonar el euro y recuperar competencias que ahora son de la Unión Europea. En política exterior, apuesta por restablecer las relaciones con Rusia, levantar las sanciones y poner fin al apoyo militar alemán a Ucrania. Reuters ha situado estas propuestas entre las principales líneas políticas del partido.
Esto es especialmente relevante porque una de las grandes fortalezas de la UE es precisamente la capacidad de actuar conjuntamente. Si cada gobierno prioriza cada vez más sus intereses nacionales, decisiones sobre sanciones, defensa, energía o política comercial se pueden volver mucho más difíciles.
La guerra de Ucrania es un buen ejemplo. Alemania es uno de los principales donantes de Kyiv, mientras que la AfD defiende un cambio radical de esta política. El Centre for Strategic and International Studies ya advertía antes de las elecciones que una subida de la AfD podía dar más margen a Rusia para aprovechar las divisiones europeas.
Problemas que se replican dentro de la UE
Ahora bien, hay una paradoja. El auge de la AfD no se explica solo por Rusia, Bruselas o la geopolítica. Los votantes europeos tienen problemas mucho más cercanos: el precio de la vivienda, los salarios, la situación de los servicios públicos, la inmigración o la seguridad. Los partidos nacionalistas han conseguido unir todas estas preocupaciones en un mismo relato: el de los ciudadanos que sienten que las instituciones tradicionales ya no los protegen.
Y este relato no es exclusivamente alemán. En Europa hay partidos nacionalistas con cada vez más peso, desde Vox en España hasta fuerzas de derecha radical en Francia, Italia o Polonia. No son idénticos y, de hecho, mantienen diferencias importantes. La Agrupación Nacional de Marine Le Pen, por ejemplo, expulsó a la AfD de su grupo europeo en 2024 porque consideraba que la formación alemana había ido demasiado lejos. Pero comparten algunos ejes: más control de la inmigración, defensa de la soberanía nacional y crítica al poder de las instituciones europeas.
Las reacciones al resultado alemán lo han dejado claro. Santiago Abascal, líder de Vox, calificó la victoria de la AfD de "gran esperanza" para Alemania y Europa. En cambio, el ministro francés de Asuntos Europeos, Benjamin Haddad, advirtió que se trata de un momento serio para el continente, según ha informado Reuters.
¿Aviso o profecía?
La victoria alemana no es una fórmula que se pueda trasladar directamente a Francia, España o Polonia, pero sí un precedente. La AfD ha convertido lo que durante años era un voto de protesta en una opción con posibilidades reales de gobernar. Y esto llega en un momento en que la inmigración, la seguridad y la soberanía nacional ganan peso en las elecciones europeas. El resultado de Sajonia-Anhalt puede dar alas a otras fuerzas nacionalistas y, a la vez, obligar a los partidos tradicionales a reaccionar.
El efecto más inmediato puede notarse incluso antes de que estos partidos lleguen al gobierno. Cuando una fuerza radical crece, los partidos tradicionales tienen un incentivo para acercarse a algunas de sus posiciones para recuperar votantes. Esto ya ha pasado con la inmigración: el debate europeo sobre fronteras y asilo se ha ido endureciendo durante los últimos años, mientras gobiernos de diferentes colores han aumentado el control migratorio.
¿El fin de la UE?
Para Bruselas, el problema es que esta tendencia puede convertirse en una cuestión de funcionamiento de la misma Unión Europea. Una Europa formada por gobiernos cada vez más centrados en recuperar competencias nacionales puede tener más dificultades para tomar decisiones conjuntas. Y esto afecta a cuestiones muy concretas: las sanciones contra Rusia, la ayuda a Ucrania, la política energética, la defensa o la respuesta a la competencia económica de China.
La guerra de Ucrania es probablemente el caso más delicado. La AfD defiende detener la ayuda militar alemana a Kyiv, levantar las sanciones contra Moscú y recuperar los vínculos energéticos con Rusia. Si estas posiciones ganaran peso en otros países, mantener una línea común europea sería más complicado. Según varios analistas de seguridad europeos, las divisiones dentro de la UE son precisamente uno de los escenarios que más pueden beneficiar al Kremlin.
El auge de la extrema derecha no obliga necesariamente a estos partidos a llegar al gobierno para cambiar la política europea. Su fuerza electoral puede empujar a las formaciones tradicionales a adoptar parte de su discurso sobre inmigración, fronteras o soberanía para intentar recuperar votantes. Y el fenómeno no es exclusivamente alemán. En Europa ya hay fuerzas nacionalistas con un peso importante en gobiernos o parlamentos. No son idénticas y mantienen diferencias importantes. La Agrupación Nacional francesa, por ejemplo, expulsó a la AfD de su grupo en el Parlamento Europeo en 2024 por considerarla demasiado radical. Pero comparten algunos ejes: más control de la inmigración, defensa de la soberanía nacional y crítica al poder de las instituciones europeas.
El efecto psicológico de la AfD en Europa
Por eso, el resultado de Sajonia-Anhalt puede tener también un efecto psicológico. Durante años, partidos como la AfD han sido tratados como una fuerza que podía crecer, pero que difícilmente llegaría a disputar el poder. El 43,8% conseguido el domingo rompe esta percepción. El mensaje que puede llegar a otros movimientos nacionalistas europeos es sencillo: se puede pasar de ser una opción de protesta a convertirse en una alternativa de gobierno.
Esto no quiere decir que Europa esté a punto de cambiar de color político. Pero sí que los partidos tradicionales tienen un problema que ya no pueden ignorar. Sus votantes no se han convertido necesariamente en extremistas: en muchos casos están expresando frustración por cuestiones muy concretas, desde la inseguridad económica hasta la inmigración o el deterioro de los servicios públicos. Y esta es probablemente la principal lección que deja Sajonia-Anhalt para Europa. El problema de los partidos tradicionales ya no es solo cómo derrotar a la extrema derecha en las urnas, sino entender por qué una parte de sus votantes ha dejado de verlos como la respuesta a los problemas que les preocupan.
