Baise ta vieille, pas les vieux, rezan los cartones cortados a mano –y escritos con la caligrafía oficial del sistema de educación nacional francés– que exhiben miles de manifestantes en las carreteras y autopistas francesas. Explícitamente: “Jode a tu vieja [aluden a Brigitte Macron] no a los viejos”. Todos llevan un chaleco amarillo y todos están encolerizados, rabiosos, cabreados. Ninguno se parece al típico militante de una organización política al uso. Es más, la inmensa mayoría jamás han participado en una manifestación, si excluimos el faraónico funeral de Johnny Halliday en París hace unos meses. Johnny es el Dios de los sans culottes del siglo XXI, las personas que habitan la periferia de todo, en esas ciudades absurdas que han crecido en Francia entre lo rural  y lo urbano. En tierra de nadie, nadie les escucha. Por ello, armados de color amarillo –¿qué otro color sería mejor?– llevan una semana cortando carreteras y autopistas y bloqueando refinerías, armados con termos de café de calcetín y brioches industriales fabricados con aceite de palma y azúcar refinado.

Los hay de todas las edades, sexo y religión, pero abundan las abuelas, mujeres de más de 55 años que han visto como el presidente Emmanuel Macron recortaba sus pensiones vía nuevos impuestos, que han visto como la unidad familiar se desintegraba por falta de expectativas, de proyecto común, de espacios donde crecer como comunidad. Mujeres que aprietan los dientes mientras luchan por una escasa paz con sus nietos, hijos e hijas desesperados, mujeres que acusan al poder de abandono total.

GJ Bretanya (Le Télégramme) AX

Tasas sobre el carburante, pérdida de poder adquisitivo, cierre de líneas férreas de la periferia, falta de hospitales, cierre de escuelas. Estas son sus razones objetivas

Francia –olviden París– es un país vacío, un desierto que se atraviesa no de oasis en oasis sino de centro comercial en centro comercial. Un mapa que se dibuja con los logos de Carrefour, Intermarché, Decathlon, Leclerc, Auchan y de los restaurantes de comida basura. Reagrupados en un área concreta, conforman un universo en sí mismos. Un laberinto del que apenas se consigue salir. Entrar en un supermercado francés de la periferia es entrar en el templo de la nueva religión republicana. El ocio sin sentido, el consumo por el consumo, el aburrimiento y la desazón. Francia, tras los EE.UU. es el país donde más música rap se produce y se consume. La poesía del desencanto.

El centro comercial como eje de una vida: todo ocurre a su alrededor… y a su alrededor no hay básicamente nada. Campos de colza, campos de trigo, campos de cultivo de productos para el consumo animal. Campos. Cultivos transgénicos y uso de pesticidas. Miles de kilómetros de nada.

Un desierto donde el uso del coche no es una opción. De ahí que la decisión de aumentar la tasa sobre los carburantes haya provocado este ras-el-bol, el Basta Ya! a la francesa.

GJ supermercat AX (Wikimedia)

Sin líderes, sin ideología más allá de la cólera y la rabia, la decepción y la frustración, miles de personas se han plantado sin saber muy bien qué hacer

Las tasas sobre el carburante, la pérdida de poder adquisitivo, el cierre de las líneas férreas que unían la periferia entre sí, la falta de hospitales, el cierre de escuelas por miedo a que pasen a ser guetos raciales, sólo frecuentadas por estudiantes de origen magrebí o subsahariano. Estas son las razones objetivas. Si el futuro no va a ser mejor que el pasado ¿para qué vamos a luchar por el presente? Respuesta: queremos que todo cambie, que todo vuelva a ser como antes, sin especificar dónde está ese antes, esa arcadia de tranquilidad. Queremos poder soñar, se dicen, pero los herederos de los sans culotte que asaltaron la Bastilla en 1789 no pueden pagarse la factura del dentista y hoy se les conoce como los sans dents. Sin duda sus dentaduras no están en perfecto estado de revista, sus cortes de cabello son trasquiladas, sufren de sobrepeso y usan el argot como lengua oficial. Miles de franceses sin glamur, franceses extraños a los tópicos, que viven en el nihilismo, en el desierto de un país vacío. Cargados de buenas intenciones, necesitados de que les escuchen, con una ingenuidad candorosa en lo político y una necesidad de compartir.

Sin líderes, sin ideología más allá de la cólera y la rabia, la decepción y la frustración, miles de personas se han plantado sin saber muy bien qué hacer. Sin articulación política a la vista, lo más posible es que el movimiento no pase de ser una anécdota más en el reguero de anécdotas que construyen el presente. Pero cuidado. Ignorar una vez más las señales de alerta no es la solución. Quizás sea un fenómeno muy francés donde, no se olvide, la huelga es el deporte nacional, pero es un fenómeno que en tiempos del populismo debería interpelar y provocar una reacción. De momento, sólo se espera la crítica cínica del gobierno y el hartazgo de los que han decidido mantener el chaleco amarillo en la guantera.

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