Un coche bomba ha explotado la madrugada del sábado al domingo frente a una comisaría de Belfast, en un ataque que no ha provocado víctimas, pero que las autoridades consideran un intento fallido de atentado terrorista. La explosión ha tenido lugar en la zona de Dunmurry, en las afueras de la capital norirlandesa, e inicialmente generó dudas sobre su intencionalidad, aunque con el paso de las horas se ha confirmado el móvil terrorista. Según fuentes policiales citadas por el Belfast Telegraph, el ataque tenía como objetivo “matar policías y causar el máximo daño posible”. El subjefe de policía, Bobby Singleton, ha destacado que es “milagroso” que no haya heridos, y ha explicado que dos bebés pudieron ser evacuados a tiempo después de la explosión.

Horas después del incidente, Singleton ha detallado que el ataque se inició con el secuestro del vehículo de un repartidor en la zona de Twinbrook, en la zona de West Belfast. Según la policía, los asaltantes colocaron una bombona de gas en el maletero y obligaron al conductor a dirigirse hasta la comisaría de Dunmurry. Una vez allí, el vehículo fue abandonado delante del edificio y explotó, momento en que los agentes activaron inmediatamente el protocolo de alerta por ataque terrorista. Singleton ha remarcado que el repartidor ha vivido una experiencia “extremadamente traumática”. Paralelamente, la policía mantiene en marcha una operación al oeste de la ciudad, con varios accesos a la urbanización de Twinbrook acordonados.

Las primeras investigaciones apuntan hacia los republicanos disidentes como posibles responsables del ataque. El propio Singleton ha señalado que la principal hipótesis es que esté detrás el Nuevo IRA, una organización paramilitar que tomó el relevo del Ejército Republicano Irlandés (IRA) original, aunque a una escala muy inferior. De hecho, hace solo unas semanas este grupo reivindicó un intento de atentado contra la comisaría de Lurgan, donde dos hombres enmascarados secuestraron un vehículo y obligaron al conductor, un repartidor de pizza, a conducirlo hasta la sede policial con un artefacto en el maletero. En aquel caso no hubo explosión, pero el paralelismo con el episodio de Dunmurry es evidente. “Es simplemente inadmisible que solo unas semanas después de la condena generalizada del ataque en Lurgan, este incidente haya ocurrido en Dunmurry”, ha dicho la ministra de Justicia, Naomi Long.

Por su parte, la primera ministra de Irlanda del Norte, Michelle O’Neill, ha condenado el ataque asegurando que los responsables “no tienen visión, ni apoyo, ni nada que ofrecer a nuestra sociedad”, y ha reivindicado que “las comunidades merecen paz”. Sin embargo, no ha querido señalar ninguna autoría concreta. En cambio, desde el ámbito unionista sí que se ha puesto el foco en los grupos republicanos disidentes. El líder del Partido Unionista Democrático (DUP), Gavin Robinson, ha advertido que si se confirma esta hipótesis habrá que actuar “con todo el peso de la ley”. En la misma línea, el jefe del Partido Unionista del Ulster (UUP), Jon Burrows, ha calificado los hechos de “criminalidad cobarde”.

Una sociedad aún traumatizada

Desde la firma del Acuerdo de Viernes Santo, en 1998, el IRA abandonó la lucha armada, pero a lo largo de los años han emergido grupos disidentes que, de manera esporádica, continúan perpetrando acciones violentas, pero sin haber hecho tambalear los acuerdos de paz. Estos atentados se concentran a menudo en zonas como West Belfast, un barrio marcado por las heridas de los Troubles y por una realidad social compleja, con elevados niveles de pobreza, segregación sectaria y desempleo. Este contexto mantiene vivo un clima de tensión latente que facilita la aparición de estos episodios, a pesar de los esfuerzos por consolidar la normalidad institucional y social en Irlanda del Norte.