Hace 25 años empezó lo que probablemente es el episodio más vergonzoso de la historia actual de Europa. Primavera de 1993. Los Cascos Azules de la ONU entran en la ciudad bosnia de Srebrenica con el objetivo teórico de proteger a la población local musulmana de los paramilitares serbios, que un año antes habían iniciado un sanguinario proceso de limpieza étnica en todo el país. Srebrenica era una ciudad de mayoría musulmana en un área de mayoría serbia y los chetniks aprovecharon la guerra para conquistar un territorio que consideraban que pertenecía en la Gran Serbia.

Nunca un ejército ha fracasado tanto como aquellos Cascos Azules: poco más de dos años después, los ultranacionalistas serbios entraron en la ciudad, ante la pasiva mirada de los soldados holandeses del destacamento de la ONU, y asesinaron a más de 8.000 civiles de la ciudad. La tragedia de Srebrenica –y, por extensión, la guerra de Bosnia- manchó las manos de un ejército holandés comandado por ineptos, de una ONU secuestrada en su dinámica de no-violencia ante los violentos, y de una Europa inmóvil e incapaz de evitar una masacre en su patio trasero. Tuvieron que ser los Estados Unidos de Bill Clinton, dos años y más de 100.000 muertos después, los que pusieran fin a la vergüenza de Bosnia. Pero ya era tarde, no sólo para quienes murieron, sino para salvar un determinado concepto de civilización y convivencia.

Lo más triste de estos episodios y de la guerra de Bosnia es que, de hecho, ganaron los ultranacionalistas que defendían la limpieza étnica, abanderados especialmente por los serbios, y también por una minoría croata que añoraba el régimen cómplice de Hitler de los años cuarenta. Los acuerdos de Dayton de noviembre de 1995, que pusieron fin a la guerra, supusieron el reconocimiento de Bosnia-Herzegovina como estado soberano y, por tanto, recogieron una de las principales demandas de sus ciudadanos, tal como la habían votado mayoritariamente en 1991 (sin la participación de la minoría serbia).

Una fotografía de lo que es hoy Bosnia ilustra esta tesis: los extremistas serbios y musulmanes tienen ahora una composición del país más de acuerdo a sus malévolas visiones

Dayton hubiera podido proyectarse como una cierta victoria de los bosnios (aunque se hace difícil hablar de victoria con 100.000 muertes). En la práctica, sin embargo, los acuerdos entre las tres partes supusieron la confirmación del proceso de limpieza étnica abanderado por Slobodan Milosevic, Radovan Karadzic y Ratko Mladic, todos condenados posteriormente por el Tribunal de La Haya. Una simple fotografía de lo que es hoy Bosnia ilustra esta tesis: los extremistas serbios y los extremistas musulmanes tienen ahora una composición del país más acorde a sus malévolas visiones.

Antes de la guerra, Sarajevo, la capital bosnia, era un pacífico enclave de cuatro religiones (la musulmana –mayoritaria–, la católica, la ortodoxa y la judía) y tres culturas, correspondientes a las tres minorías nacionales que integraban Bosnia-Herzegovina. A pesar de su convulsa historia, Sarajevo era un ejemplo de convivencia y de integración y, sobre todo, de respeto. Los musulmanes no tenían ninguna duda que, por encima de su religión, había su civilización y los valores que desprendían, los mismos que compartían con sus vecinos, todos europeos. En el Sarajevo de antes de la guerra era difícil ver mujeres con velo, en todos los bares se consumía alcohol como en cualquier otra capital europea y la asistencia a los lugares de culto religioso era una opción personal de cada individuo. Sarajevo era una ciudad vanguardista, donde la razón se imponía a cualquier creencia. Ahora, todo eso está cambiando.

Es la victoria también de los islamistas radicales, que, por primera vez, ven Sarajevo más cerca de Turquía que de Venecia o Viena

La Sarajevo actual es una capital europea, todavía lastimada por el terrible asedio de más de tres años que sufrió, y con el porcentaje más bajo de ciudadanos nacidos en los años sesenta en comparación con cualquier otra metrópolis del continente: muchos murieron o se marcharon huyendo de la artillería serbia. Pero a la Sarajevo del siglo XXI –a diferencia de la centuria pasada– empiezan a menudear los velos que cubren los rostros de mujeres eslavas, e incluso burkas, además de largas barbas y chilabas premonitorias. La huella de Turquía y de Arabia Saudí está presente en la vida social, cultural y económica de la ciudad. Uno de los principales centros comerciales, el Sarajevo City Center es de capital saudí; el flamante Centro Cultural King Fahd –directamente financiado por Arabia Saudí– imparte clases gratuitas de árabe; en las agencias de viajes de la ciudad el principal destino promocionada es Estambul, y en los letreros de las calles empieza a verse el alfabeto árabe. La cosmopolita y vanguardista Sarajevo y la multi-étnica Bosnia están cada vez más en la órbita de Turquía y las monarquías del Golfo, y con una preocupante y creciente presencia salafista.

Los acuerdos de Dayton no corrigieron la limpieza étnica; de hecho, la consolidaron. Miles de musulmanes de zonas rurales de Bosnia que quedaron integradas en la República Srpska –la región autónoma de los serbios dentro de Bosnia– han llenado los barrios de Sarajevo, sumisos en la pobreza y, por lo tanto, presa fácil para el radicalismo islámico. Los velos y los barbudos empiezan a formar parte del paisaje de Sarajevo por primera vez en su historia. Es la victoria de los ultranacionalistas serbios, que consiguieron separar a los bosnios por su religión. Y es la victoria también de los islamistas radicales, que, por primera vez, ven Sarajevo más cerca de Turquía que de Venecia o Viena. Y también es, una vez más, la derrota de Europa, que permitió la terrible matanza en la guerra de hace 25 años y que ahora sigue mirando hacia otro lado cuando los islamistas plantan una bandera que no tiene nada de inocente.

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