Hay restaurantes que abren sus puertas con la voluntad de llenar mesas y los hay que, casi sin darte cuenta, consiguen que te sientas bien antes de que llegue el primer plato. Unos te convencen por la carta; otros, por el ambiente, por el trato o por esa manera de hacer que convierte una comida en una experiencia que apetece contar. Y luego están los que consiguen ligarlo todo: un espacio que invita a quedarse, una cocina que apela a la memoria y una propuesta que no necesita complicarse para dejar huella.
Sant Hilari Sacalm, en el corazón de Les Guilleries y en la comarca de la Selva, estrena un nuevo proyecto gastronómico que quiere hacerse un hueco en el panorama de la restauración del territorio. Se llama Tingana y acaba de abrir sus puertas con una propuesta de cocina catalana, platos pensados para compartir y una puesta en escena que invita a quedarse. El primer fin de semana, con todas las mesas ocupadas, ha empezado con buenas sensaciones.
Al frente del proyecto están Xavier Vilà, de Sant Hilari Sacalm, y Pablo Bofarull, vinculado a la sexta generación del restaurante barcelonés Los Caracoles. La cocina tiene dos nombres propios: Alejandro Rodríguez, como chef ejecutivo, y Matías Ruíz, al frente de los fogones. La combinación de arraigo local, tradición restauradora y un equipo de cocina propio dibuja las bases de una aventura que quiere ir más allá de abrir un restaurante.
Todos los platos se compartieron en el centro de la mesa, una manera de comer que encaja con el espíritu de la casa y que permite probar la propuesta con una mirada amplia
La primera impresión llega antes de sentarse a la mesa. La madera, la cerámica y los tonos cálidos conviven con unos ventanales que dejan entrar la luz y unas molduras en el techo que aportan carácter a la sala. No es solo una cuestión estética: cuando los materiales, la luz y las proporciones están bien resueltos, el espacio predispone a disfrutar de la comida. En el Tingana, la decoración se convierte en el preludio de una estancia que invita a bajar el ritmo y alargar la conversación.
La comida comienza con un chusco de pan con mantequilla ahumada. Un gesto aparentemente sencillo, pero con suficiente personalidad para abrir el apetito. Después llega una ensaladilla rusa con gambitas al ajillo, donde la cremosidad del clásico convive con la intensidad marina y el aroma del ajo. Pero es en el plato de setas de temporada a la brasa —fuera de carta— donde el otoño reclama protagonismo. La yema de huevo, la panceta, la cebolla caramelizada, la salsa demi-glace y la trufa completan una combinación de texturas y sabores que gira alrededor del producto de bosque. Es una elaboración que juega con la brasa, la untuosidad y los matices dulces y aromáticos, y que recuerda hasta qué punto un plato estacional puede dar personalidad a una carta.
La parte más golosa llega con los macarras tinganeros, unos macarrones con tres carnes y tres quesos que no esconden las intenciones. Aquí no se trata de hacer equilibrios sutiles, sino de reivindicar el placer de una pasta contundente, reconfortante y pensada para disfrutar sin manías.
La previsión es poner en marcha la terraza y el bar la próxima semana y, más adelante, llevar algunos de sus platos a diferentes puntos de la comarca con una food truck
Las albóndigas de la yaya Carme, con su salsa con setas y parmentier, continúan este hilo de cocina casera. El nombre evoca recetas familiares y memoria culinaria, mientras que la combinación de carne, salsa y patata pone el foco en ese tipo de plato que no necesita presentaciones solemnes para encontrar su lugar en la mesa.
Para acabar, los postres mantienen el hilo de la tradición dulce: flan de vainilla y tocinillo de cielo. Dos elaboraciones que cierran la comida sin necesidad de buscar ningún giro inesperado, fieles a la idea de una cocina que quiere agradar, satisfacer y dejar buen recuerdo. Todos los platos se compartieron en el centro de la mesa, una manera de comer que encaja con el espíritu de la casa y que permite probar la propuesta con una mirada amplia. Tingana acaba de empezar, pero el proyecto ya mira más allá del comedor. La previsión es poner en marcha la terraza y el bar la próxima semana y, más adelante, llevar algunos de sus platos a diferentes puntos de la comarca con una food truck. Una manera de extender la propuesta y de acercarla a nuevos públicos sin perder el vínculo con el territorio que le da sentido.
Abrir un restaurante es poner en marcha una ilusión; consolidarlo es un trabajo que se hace servicio tras servicio. Habrá que ver cómo evoluciona Tingana cuando se apague la novedad de las primeras semanas, pero el estreno deja buenas sensaciones: una sala acogedora, una cocina que habla un lenguaje cercano y platos que invitan a volver. Porque hay lugares que quieren impresionarte durante un rato y los hay que aspiran a formar parte de tus costumbres. En Sant Hilari Sacalm, Tingana acaba de empezar a escribir su historia. Y la mejor manera de descubrir cómo continúa es volver a sentarse a la mesa.
