Unas zapatillas viejas pueden parecer un problema menor, pero en la jubilación el calzado cotidiano merece mucha más atención de la que suele recibir. Con el uso, la suela pierde agarre, la amortiguación se deforma y el pie puede quedar menos sujeto. Todo eso aumenta la posibilidad de resbalones, tropiezos y pequeños desequilibrios, especialmente dentro de casa, donde muchas caídas se producen precisamente en situaciones aparentemente seguras.
El riesgo no está únicamente en una escalera complicada o en un suelo mojado. También puede estar en unas zapatillas que llevan años utilizándose y que ya no ofrecen la estabilidad de antes. Si además existe menor fuerza en las piernas, problemas de equilibrio o una reacción más lenta ante un tropiezo, un calzado deteriorado puede convertirse en un factor mucho más importante de lo que parece.
La suela desgastada cambia por completo la estabilidad
Uno de los primeros puntos que conviene revisar es el dibujo de la suela. Cuando prácticamente ha desaparecido o existen zonas totalmente lisas, el agarre disminuye. También hay que comprobar si la zapatilla se ha deformado hacia un lado, si el talón queda demasiado suelto o si la plantilla interior ha perdido consistencia.

Las zapatillas abiertas por detrás también pueden provocar problemas en algunas personas porque obligan a modificar ligeramente la forma de caminar para evitar que se salgan. Para desplazarse por casa suele ser preferible un calzado cómodo, bien ajustado, con una suela estable y suficientemente adherente que acompañe el movimiento sin desplazarse alrededor del pie.
Cambiar el calzado puede ayudar a prevenir caídas
Las caídas en personas mayores tienen múltiples causas y no pueden atribuirse únicamente a las zapatillas. Influyen la fuerza, la visión, ciertos medicamentos, los mareos, los obstáculos domésticos o una iluminación deficiente. Precisamente por eso, eliminar factores de riesgo fáciles de corregir puede resultar especialmente útil.
Conviene revisar periódicamente el calzado que más se utiliza, incluido el de estar por casa. Si resbala, está deformado, tiene la suela muy gastada o ya no sujeta correctamente el pie, puede haber llegado el momento de sustituirlo aunque exteriormente todavía parezca aprovechable.
También es importante evitar caminar únicamente con calcetines sobre superficies lisas y mantener los pasillos libres de alfombras u objetos que puedan provocar tropiezos. Si existen caídas repetidas o problemas importantes de equilibrio, conviene consultar con un profesional sanitario. Una escalera sin barandilla resulta evidentemente peligrosa, pero el calzado deteriorado tiene una particularidad: puede acompañarnos durante cientos de pasos cada día sin que pensemos en él. Revisar unas simples zapatillas puede ser una medida pequeña, sencilla y muy útil para caminar con mayor seguridad.