Luis de la Fuente ha recordado su infancia en Haro como una etapa feliz, pero también marcada por una ausencia difícil de entender cuando era niño. Su padre trabajó durante casi 40 años como marino mercante y podía pasar once meses, e incluso más de un año, lejos de casa. Aquellas despedidas fueron, según reconoce, la parte más dura de sus primeros años.
“Éramos cinco hermanos y mi padre fue marino mercante durante 40 años”, ha explicado. La familia debía aprender a convivir con largas temporadas sin él, esperando noticias y contando los días para su regreso. De la Fuente admite que apenas pudieron disfrutarlo durante buena parte de su niñez, aunque nunca dejó de sentir su presencia y autoridad.
Una familia unida alrededor de las ausencias
La distancia obligó a su madre a asumir gran parte de la vida cotidiana y convirtió el hogar en una estructura especialmente unida. El seleccionador ha descrito aquella época como una sociedad familiar casi matriarcal, en la que las mujeres sostenían la casa mientras los hombres trabajaban lejos. Su madre fue esencial para mantener juntos a los cinco hermanos.

Su padre regresaba después de meses de navegación y cada vuelta tenía un significado especial. No estaba presente en muchos momentos cotidianos, pero transmitía esfuerzo, responsabilidad y orgullo por la familia. También fue quien despertó en Luis la pasión por el Athletic, un vínculo que terminaría influyendo decisivamente en su carrera como futbolista y entrenador profesional.
Las ausencias terminaron formando su carácter
De la Fuente entiende ahora que aquellas experiencias moldearon su personalidad. Aprendió pronto que el sacrificio no siempre es visible y que muchas familias progresan gracias a renuncias difíciles. La profesión de su padre permitió sostener el hogar, pero tuvo un coste emocional: crecer sin poder compartir con él cumpleaños, partidos, celebraciones y pequeños momentos diarios.
Cuando recuerda esa infancia, no lo hace desde el reproche, sino desde la admiración. Sabe que su padre tampoco elegía perderse la vida familiar, sino que cumplía con un trabajo exigente para sacar adelante a cinco hijos. Las largas esperas le enseñaron paciencia, fortaleza y el valor de permanecer unido. Años después, esas mismas ideas aparecen en su forma de dirigir grupos y proteger a sus jugadores. El seleccionador habla de familia cuando explica un vestuario porque creció entendiendo que la unidad permite soportar las distancias más duras. Su padre navegó durante cuatro décadas; él convirtió aquellas ausencias en una lección que todavía lo acompaña en cada decisión importante.