Kilian Jornet no empezó a correr pensando en récords, patrocinadores o victorias internacionales. Para él, correr formaba parte de la vida cotidiana. La montaña estaba siempre presente. Con solo 13 años llegó a recorrer 21 kilómetros para ir al colegio y otros 21 para regresar a casa. Aquellas jornadas sumaban prácticamente una maratón antes de terminar el día.
El atleta vivía entonces en Montellà y estudiaba en La Seu d’Urgell. La distancia entre ambos puntos explica la magnitud del esfuerzo. Algunos días, Kilian cubría el trayecto corriendo y se tomaba la situación con naturalidad. “Una maratón, vamos”, recordaba entre risas en una entrevista con El Periódico. Lo extraordinario para cualquiera parecía normal en su infancia.
En comunión con la montaña desde que era niño
Su relación con la montaña había comenzado incluso antes. Cuando tenía cinco, seis, siete u ocho años, su familia aprovechaba cada fin de semana para salir. El niño caminaba, exploraba y aprendía a gestionar el cansancio. También pasaba frío y hambre en algunas jornadas. Esas experiencias construyeron la resistencia física y mental que después definiría su carrera. La naturaleza fue su primera escuela.
Jornet terminó convirtiéndose en una referencia mundial del trail y el ultrafondo. Sus triunfos lo situaron entre los mejores corredores de montaña de la historia. Sin embargo, el catalán siempre ha explicado que correr nació como una afición. La competición llegó después de miles de horas recorriendo senderos por puro placer. El éxito no apareció de la noche a la mañana.
Un Kilian Jornet más maduro
Su vida deportiva también ha cambiado con los años. Hace aproximadamente tres lustros, Jornet centraba toda su existencia en dormir, comer, entrenar y competir. El rendimiento ocupaba cada espacio de su agenda. Ahora, el atleta mantiene otras prioridades. La familia, sus proyectos y la protección de la naturaleza comparten protagonismo con las carreras. La madurez ha modificado su manera de entender el éxito.
El reto actual conecta directamente con aquel niño que recorría kilómetros para llegar a clase. Entonces no existían cámaras, equipos ni líneas de meta internacionales. Solo había caminos, desnivel y ganas de avanzar. Kilian convirtió una infancia ligada a la montaña en la base de una trayectoria irrepetible.
