Jordi Cruz encuentra lejos de Barcelona uno de sus lugares favoritos para desconectar durante el verano. El chef, acostumbrado al ritmo intenso de la restauración y a una agenda marcada por grabaciones, cocina y compromisos profesionales, encuentra en la costa de Girona un escenario completamente diferente: pequeñas calas, agua cristalina, arena dorada y pinares que llegan prácticamente hasta el Mediterráneo.
La Costa Brava se ha convertido desde hace décadas en uno de los grandes refugios estivales de Catalunya. Su combinación de pueblos pequeños, caminos de ronda y playas escondidas atrae tanto a turistas como a personajes conocidos que buscan privacidad y tranquilidad. Para Cruz, el encanto está precisamente en poder alejarse durante unos días del ambiente urbano sin necesidad de recorrer grandes distancias.
Las calas de Girona ofrecen el descanso que busca
Una de las grandes virtudes de esta parte del litoral es su variedad. Hay calas pequeñas encajadas entre acantilados, playas familiares y rincones a los que solo se llega caminando por senderos costeros. El agua transparente y los bosques de pinos crean una imagen que se ha convertido en uno de los grandes símbolos del paisaje mediterráneo catalán.

Además, el entorno permite combinar fácilmente descanso y gastronomía. Pescado fresco, arroces, productos de temporada y pequeños restaurantes frente al mar forman parte de una oferta que encaja especialmente bien con alguien que vive rodeado de cocina. Para un chef como Jordi Cruz, la Costa Brava ofrece también la posibilidad de disfrutar del producto local desde una perspectiva mucho más relajada.
Un refugio muy diferente al ritmo de Barcelona
La distancia con Barcelona es suficiente para cambiar completamente de ambiente, pero lo bastante corta para convertir la escapada en algo accesible. Eso explica por qué tantos rostros conocidos han elegido históricamente Girona y la Costa Brava para pasar parte del verano o incluso establecer allí su segunda residencia.
En el caso de Jordi Cruz, ese contraste es precisamente el gran atractivo. Cambiar la ciudad por una cala escondida, el ruido por el mar y las prisas por un paseo entre pinares permite entender por qué vuelve a esta zona cuando necesita desconectar. La costa de Girona sigue siendo uno de esos lugares donde el verdadero lujo no está en grandes complejos, sino en encontrar tranquilidad frente al Mediterráneo.