El cantautor Joaquín Sabina afronta su etapa de jubilación con una mezcla de lucidez y cansancio acumulado. A sus 77 años, reconoce que la fama ha sido una bendición y una carga al mismo tiempo. “Soy preso de mis canciones y de la fama, quiero ser un ciudadano normal y tomarme una cerveza en un bar”, ha confesado en más de una ocasión, dejando ver su deseo de anonimato.
Tras décadas llenando teatros y estadios, Sabina admite que lo que más echa de menos no es el escenario, sino la normalidad. Poder sentarse en una terraza sin que cada gesto se convierta en una fotografía, sin que cada conversación derive en una anécdota pública. La jubilación, para él, no significa desaparecer, sino recuperar pequeñas libertades que se había dejado en el camino de la fama.
La fama como jaula dorada
El autor de ‘19 días y 500 noches’ ha explicado que la popularidad le ha acompañado siempre, incluso cuando intentaba pasar desapercibido. Esa condición de personaje público permanente le ha impedido, en muchos momentos, vivir con la espontaneidad de cualquier ciudadano anónimo. “Quiero ser un ciudadano normal que toma cerveza en el bar”, resume. No es una renuncia a su legado, sino un deseo sencillo como lo es caminar sin que las personas lo reconozcan y lo paren en todo momento.

Sabina ha reconocido que durante años asumió ese peaje con naturalidad, pero que con el paso del tiempo el ruido pesa más. Aun así, no reniega de su trayectoria. Se muestra siempre agradecido por una vida dedicada a escribir, cantar y llenar escenarios. La jubilación no es un adiós amargo, sino una transición hacia otro ritmo de vida en el que valora más la tranquilidad y paz.
Un Sabina jubilado, pero no invisible
Sabina no se ha retirado del todo de la vida pública. Sigue opinando, escribiendo y apareciendo en actos puntuales. Pero lo hace desde una posición más relajada, sin la presión constante de las giras interminables. Habla de esta etapa con serenidad. Dice que ahora disfruta de conversaciones largas, de lecturas pausadas y de la rutina cotidiana. Ese “ciudadano normal” al que aspira no es un disfraz, sino una necesidad vital.
Así pues, a los 77 años, Joaquín Sabina no quiere dejar de ser él mismo. Solo quiere que, de vez en cuando, nadie lo reconozca y pueda brindar en silencio, como uno más.