Las peleas entre hermanos suelen analizarse pensando que el mayor tiene más responsabilidad porque dispone de más fuerza, más edad y capacidad para controlarse. Sin embargo, Florencio Ramos pone el foco en una dinámica habitual: en determinadas familias, el pequeño aprende que cuenta con una protección especial y puede utilizar esa ventaja para provocar al mayor sin temer demasiado las consecuencias.
El problema aparece cuando los adultos intervienen automáticamente en favor del hermano menor sin averiguar qué ha ocurrido antes. Si siempre se presupone que el pequeño es la víctima y el mayor quien debe contenerse, aparece una dinámica desigual. El menor descubre que las provocaciones tendrán menos consecuencias para él, mientras el mayor siente que cualquier reacción terminará siendo castigada.
El pequeño también aprende cómo funciona la protección
Las rivalidades entre hermanos son normales y forman parte de la convivencia familiar. Los niños compiten por atención, espacio, objetos y reconocimiento. Pero también aprenden deprisa cuáles son las reglas implícitas de la casa. Si uno percibe que por ser más pequeño los adultos correrán a defenderlo, puede incorporar esa protección como una ventaja en sus disputas.

Eso no significa que todos los hermanos pequeños provoquen ni que el mayor tenga derecho a responder con agresividad. La clave está en evitar conclusiones automáticas. Antes de castigar, conviene reconstruir lo sucedido: quién empezó, qué ocurrió, si hubo provocaciones y cómo reaccionó cada uno. La edad puede explicar conductas, pero no debería convertir a uno de los hijos en culpable permanente.
Proteger no significa dar siempre la razón
Cuando los padres protegen sistemáticamente al pequeño, pueden generar frustración en el mayor. Este puede sentir que se le exige una madurez que todavía está desarrollando y que sus emociones pesan menos. Con el tiempo, esa percepción de injusticia puede aumentar la rivalidad y hacer que los conflictos sean más intensos, lo contrario de lo que los adultos buscaban evitar.
La propuesta pasa por intervenir con reglas similares para ambos, adaptadas a su edad. No se trata de dejar de proteger al menor, sino de enseñarle que provocar también tiene consecuencias. Escuchar las dos versiones, señalar qué hizo mal cada uno y evitar etiquetas como “el mayor siempre pega” o “el pequeño nunca hace nada” ayuda a romper esa dinámica. La protección funciona mejor cuando enseña responsabilidad, no cuando garantiza impunidad.