La pérdida de poder adquisitivo se ha convertido en una de las principales preocupaciones para muchos jubilados. Con ingresos fijos y escaso margen de maniobra o cambio, cualquier incremento en el coste de vida impacta de forma directa en la economía doméstica. La alimentación, uno de los gastos inevitables, es también uno de los ámbitos donde primero se perciben las tensiones económicas.

El encarecimiento sostenido de productos básicos ha modificado hábitos de consumo en numerosos hogares de pensionistas. Lo que antes formaba parte de la compra habitual ahora se revisa con mucha más cautela. La cesta de la compra ya no se construye únicamente en función de preferencias, sino de restricciones presupuestarias cada vez más estrictas.

Ajustes clave en la dieta cotidiana

Fina, jubilada, resume esta realidad con una afirmación que refleja una dinámica ampliamente extendida: “Con una pensión como la mía lo primero que quitas es la carne y el pescado”. Su testimonio no describe una situación poco habitual, sino una adaptación progresiva a una situación económica que obliga a priorizar gastos esenciales y que afecta a muchas personas mayores de nuestro país.

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Nuestra super abuela Fina una de nuestras reporteras en #konexionkallejera hoy en TVE diciendo las cosas bien claras, a rular pensiones Pensionistas Pobreza

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Los productos frescos, tradicionalmente asociados a una dieta equilibrada, suelen figurar entre los más sensibles a las variaciones de precio. Carnes, pescados y determinados alimentos proteicos representan un porcentaje relevante del presupuesto alimentario de la mayoría de hogares, lo que los convierte en candidatos habituales a la reducción cuando el margen se estrecha o cuando sus precios suben más de la cuenta.

La calidad de vida bajo presión económica

Este tipo de ajustes no solo afectan a la dieta, sino también a la calidad de vida de las personas. Para muchos jubilados, la alimentación deja de ser un terreno de elección libre para convertirse en un ejercicio constante de contención. La planificación de menús y la búsqueda de alternativas más económicas pasan a ocupar un papel central. El fenómeno responde a una lógica sencilla pero contundente como que las pensiones de menor cuantía deben absorber incrementos en vivienda, suministros y productos básicos sin variaciones que sean iguales en cuanto a los ingresos. Y es aí, cuando la alimentación se lleva un golpe mayor.

La experiencia de Fina ilustra una realidad que afecta a miles de personas jubiladas. No se trata únicamente de precios, sino de la capacidad de mantener hábitos alimentarios de calidad y saludables. No se trata de caprichos, hablamos de salud y dieta. Así pues, en muchos hogares de pensionistas hay renuncias afectan a los alimentos más nutritivos.