Cada verano aparece la misma duda en miles de hogares: ¿a qué temperatura hay que poner el aire acondicionado para estar cómodo sin disparar la factura? La reacción más habitual suele ser bajar mucho los grados pensando que así la casa se enfriará antes o consumirá menos tiempo. Pero los especialistas en eficiencia energética llevan años repitiendo que el ahorro no funciona así.

De hecho, uno de los errores más comunes es fijar temperaturas demasiado bajas y obligar al equipo a trabajar continuamente para mantenerlas. El resultado suele ser más consumo, más cambios térmicos y una sensación de frío que muchas veces tampoco resulta cómoda incluso en pleno verano.

La temperatura que más recomiendan para equilibrar confort y consumo

La referencia que más se repite entre especialistas en ahorro energético sitúa el aire acondicionado alrededor de los 26 grados durante el verano. Ese rango suele considerarse un punto de equilibrio entre comodidad térmica y eficiencia. En muchas viviendas incluso puede ajustarse ligeramente entre 25 y 27 grados dependiendo de la humedad, orientación o aislamiento.

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La razón es sencilla, ya que cuanto mayor sea la diferencia entre la temperatura exterior y la interior, más esfuerzo tendrá que hacer el sistema para mantenerla. Por eso bajar de forma agresiva hasta 20 o 21 grados no suele enfriar antes, sino mantener el aparato trabajando más tiempo y aumentando el consumo eléctrico.

El ahorro no depende solo del número que aparece en el mando

Los expertos recuerdan además que la temperatura es solo una parte de la ecuación. Cerrar persianas durante las horas más calurosas, evitar abrir ventanas cuando el aire está funcionando o utilizar el modo automático suele tener más impacto del que muchas personas imaginan. También recomiendan evitar apagar y encender constantemente el sistema y priorizar una temperatura estable.

Otro detalle que cada vez se menciona más es el uso del ventilador junto al aire acondicionado. El movimiento del aire mejora la sensación térmica y permite mantener uno o dos grados más sin perder confort. Y aquí aparece una idea que rompe bastantes hábitos: muchas veces gastar menos no consiste en pasar calor. Consiste en dejar de intentar convertir el salón en una nevera. Porque unos pocos grados de diferencia pueden cambiar bastante la factura al final del verano.