El debate sobre las pensiones se esconde tras tecnicismos, pero un economista resume con crudeza: “Hay tres soluciones para salvar las pensiones, pero ninguna gustará”. La frase apunta al centro del problema. España vive más años, la generación del baby boom se jubila y el sistema necesita pagar más prestaciones durante más tiempo. La cuestión no es si habrá que tocar algo, sino quién asumirá el coste.
La primera solución es que paguen más quienes trabajan. Eso puede hacerse con más cotizaciones, más impuestos o mayores transferencias del Estado. El problema es evidente: muchos salarios ya son bajos, el coste de vida ha subido y pedir más esfuerzo a los jóvenes alimenta una sensación de injusticia. Se les exige financiar pensiones mientras muchos ni siquiera pueden comprar una vivienda o ahorrar para su jubilación.
Pagar más o trabajar más
La segunda vía es retrasar la edad efectiva de jubilación. Sobre el papel, es la medida más lógica: si vivimos más años, trabajamos más tiempo y cobramos pensión durante menos años. Además, aumenta la recaudación porque la persona sigue cotizando. Pero tampoco gusta. Para quien tiene un empleo físico, precario o agotador, jubilarse más tarde no suena a reforma razonable, sino a castigo.
Ahí aparece una brecha importante. No es lo mismo pedir dos años más a alguien que trabaja en una oficina que a quien lleva décadas en la construcción, la limpieza, el transporte o la hostelería. Retrasar la jubilación puede cuadrar las cuentas, pero no todos los cuerpos llegan igual a los 67 años. Por eso es una solución técnicamente sencilla y explosiva.
Cobrar menos, el gran tabú
La tercera opción es la más impopular: que los pensionistas cobren menos o que las futuras pensiones crezcan más despacio. El argumento económico es que muchas carreras de cotización no cubren todos los años que después se cobra pensión. Si lo aportado alcanza para unos 13 años y la esperanza de vida tras jubilarse supera ampliamente los 20, el sistema necesita cubrir esa diferencia con cotizantes.
Pero decirlo en público es casi imposible. Las pensiones sostienen hogares, ayudan a hijos y nietos y son la principal renta de millones de personas mayores. Recortarlas tendría un coste social enorme. Por eso la frase del economista incomoda. No hay magia. Salvar las pensiones exige elegir entre pagar más, trabajar más o cobrar menos. Y ninguna de esas tres salidas cabe en un eslogan amable.
