'La primera llei de Newton': reír mientras la conciencia hace horas extras

Hay obras que hacen reír. Las hay que hacen pensar. Y luego están las que consiguen ambas cosas a la vez. La primera llei de Newton, escrita por Eu Manzanares y dirigida por Nelson Valente, es de estas. Una comedia inteligente, ágil y extraordinariamente divertida que plantea una pregunta incómoda —¿es lícito hacer trampas cuando el sistema es injusto?— sin caer nunca en la tentación de dar una respuesta fácil.

La dramaturga explica en conversación con ElNacional.cat, que la historia nace de una mirada muy vinculada a su propio entorno. "Quien escribe siempre escribe desde su yo", asegura Manzanares, que explica que ha crecido en Santa Coloma de Gramenet, una ciudad obrera y de tradición humilde donde ha visto de cerca estas realidades sociales. Para construir la obra, también habló con maestros de institutos de alta complejidad, que le trasladaron los dilemas y las dificultades de su día a día.

La premisa es aparentemente sencilla: un alumno de un instituto de alta complejidad, a punto de graduarse y con un futuro prometedor en el fútbol profesional, ha copiado sistemáticamente los exámenes de una asignatura. A partir de aquí, lo que podría haber sido un conflicto disciplinario se transforma en una batalla de argumentos donde profesores, dirección, familia e incluso una periodista acaban cuestionando qué es realmente actuar con justicia.

El gran mérito del texto de Manzanares es que obliga al espectador a cambiar de bando constantemente. Cuando parece que tienes claro quién tiene la razón, aparece un nuevo argumento que te desmonta todas las certezas. No hay héroes ni villanos, solo personas intentando tomar la decisión menos injusta dentro de un sistema lleno de contradicciones.

Esta complejidad es precisamente uno de los puntos que más interesaba explorar a Manzanares. "No dejan de ser niños, aunque tengan 14 o 15 años. Sentenciar quién es una persona a esta edad es muy difícil", explica la dramaturga, que defiende que la escuela debe convivir con situaciones muy complicadas. Al mismo tiempo, reivindica la capacidad de transformación de la educación: "Hay casos que parecían perdidos y que han salido adelante. Si no haces nada, el statu quo está pensado para que todo continúe igual".

La dirección es impecable. Convierte una serie de reuniones y discusiones en una función vibrante, con un ritmo que no decae en ningún momento. Las réplicas son afiladas, los silencios tienen peso y el humor aparece siempre en el momento exacto. Porque sí, esta es una obra que hace reír mucho. Mucho. Pero no busca la carcajada gratuita, sino aquella que nace del reconocimiento de nuestras propias contradicciones.

Reparto espectacular

Y si algo acaba de redondear el espectáculo, es el reparto. Cuesta destacar solo una interpretación porque todas encajan con una precisión admirable. Rosa Gàmiz está sencillamente espléndida y firma algunos de los momentos más memorables de la función. Sara Diego construye una madre tan desbordada como profundamente humana, capaz de hacer estallar el patio de butacas y, un instante después, provocar un nudo en la garganta. Anna Sahun transmite con mucha sutileza el peso de la responsabilidad de una directora atrapada entre los principios y la realidad; Dafnis Balduz aporta todos los matices de un profesor que defiende la segunda oportunidad, y Lua Amat da frescura a un personaje que se convierte en el espejo de todo el conflicto. Max Vilarrasa completa un reparto coral en el que nadie intenta sobresalir porque todos juegan a favor de la obra. Y eso se nota.

También cabe destacar una escenografía funcional que pone toda la atención en aquello que realmente importa: la palabra. Porque La primera llei de Newton es, sobre todo, una obra de texto. Un texto vivo, punzante, divertido y cargado de matices que evita los discursos aleccionadores. En lugar de decirte qué tienes que pensar, te invita a cuestionar tus propias convicciones.

La respuesta del público y, especialmente, del mundo educativo ha sido una de las grandes sorpresas del proyecto. Manzanares relata que el boca a boca entre profesores está funcionando especialmente bien: "Una cosa muy bonita que está pasando es que muchos docentes se han sentido muy identificados con la obra. Me dicen: 'Lo has plasmado muy bien, todo lo que te habíamos explicado'".

La dramaturga reconoce que, aunque no era una intención inicial, la obra ha acabado convirtiéndose en un homenaje a la educación pública. "Cuando empecé a escribir no era consciente de que se había convertido en esto", asegura. También destaca el trabajo conjunto con el director Nelson Valente y todo el equipo artístico: "Se ha creado un clima muy bonito, con gente de seis décadas diferentes haciendo mucha piña. En un espectáculo esto se nota muchísimo".

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David Ruano

La metáfora de Newton es tan sencilla como efectiva. Igual que los cuerpos tienden a mantener su inercia si nadie los empuja, también lo hacen las instituciones, los prejuicios y las desigualdades. La obra no juzga si copiar está bien o mal; lo que pone encima de la mesa es si podemos exigir las mismas reglas a personas que no han tenido las mismas oportunidades.

Hay un último motivo para no dejar escapar esta obra. Si estos días arrastráis un poco de cansancio, estrés o una bajada de ánimos, id al teatro. De verdad. Cuesta encontrar una mejor terapia que una sala llena de risas compartidas, un texto que confía en la inteligencia del público y una historia que te hace salir un poco más ligero de lo que has entrado. Y la respuesta del público lo confirma. Cuando se acabó la obra, los aplausos fueron tan largos y entusiastas que era difícil llevar la cuenta de las veces que los actores salían a saludar. Prácticamente toda la platea se puso de pie para ovacionar una función que lo merecía. La primera ley de Newton es una de esas obras que te hacen reír, pensar y salir del teatro con la sensación de haber asistido a algo especial. Y eso, hoy, no pasa cada día.