El envejecimiento no es un proceso uniforme ni lineal, y esa es precisamente la idea que subraya Conrado Estol al señalar que hay una edad concreta que marca un punto de inflexión en nuestra vida. Según explica el experto en longevidad, alrededor de los 47 años se produce lo que define como “el primer gran declive”, una etapa en la que el organismo comienza a experimentar cambios biológicos más perceptibles y relacionados con la vejez verdadera.
Hasta bien entrada la década de los cuarenta, el cuerpo mantiene una notable capacidad de adaptación. El metabolismo, la masa muscular y múltiples funciones fisiológicas conservan todavía un comportamiento relativamente estable. Es un periodo en el que muchas personas continúan percibiéndose como jóvenes desde el punto de vista funcional, incluso cuando el calendario avanza.
El punto de inflexión biológico
La tesis que plantea Estol es clara, según él, pasada la mitad de los 45 años, el organismo empieza a mostrar señales más importantes de desgaste. No se trata únicamente de sensaciones subjetivas, sino de procesos celulares y metabólicos que comienzan a modificarse. La regeneración tisular se ralentiza, la recuperación física pierde eficiencia y ciertos indicadores de envejecimiento se aceleran.
Este fenómeno no implica una transformación brusca, pero sí que marca una tendencia sostenida. A partir de ese momento, el cuerpo ya no responde con la misma facilidad a los excesos, la falta de descanso o el sedentarismo. El margen fisiológico se estrecha y los hábitos de vida adquieren una relevancia mucho mayor que en etapas anteriores. Ya que el cuerpo se resienta más de todo.
Cuando más se envejece
Uno de los aspectos más llamativos de la explicación del experto reside en la idea de que no envejecemos al mismo ritmo durante toda la vida. Estol sostiene que existe una fase concreta en la que los cambios asociados a la edad se intensifican. En torno a los 47 años, múltiples sistemas del organismo comienzan a reflejar una pérdida progresiva de resiliencia.
Este enfoque conecta con investigaciones recientes sobre envejecimiento biológico, que apuntan a la existencia de periodos de aceleración en determinados rangos de edad. Factores hormonales, inflamatorios y metabólicos contribuyen a esta transición, que no depende exclusivamente de la edad cronológica sino también del estilo de vida.
Lejos de un mensaje alarmista, la reflexión habla de la capacidad de intervención. Alimentación, actividad física, descanso y control del estrés pueden modular de forma significativa la velocidad de ese declive. El envejecimiento, subraya esta visión, no es únicamente cuestión de años, sino de decisiones acumuladas.
