Las rabietas son uno de los comportamientos más comunes y a la vez más angustiosos para padres y cuidadores. Cuando un niño grita, llora o se tira al suelo porque no obtiene lo que quiere, es fácil caer en la tentación de pensar que está siendo “manipulador” o caprichoso. Sin embargo, el psicólogo Carlos González, en su análisis del comportamiento infantil, nos invita a cambiar la mirada: “Cuando un niño monta una rabieta ni es un tirano ni un monstruo”. Su mensaje —compartido en redes sociales— subraya que estos estallidos emocionales no son un acto de maldad, sino una expresión de frustración y falta de herramientas emocionales que el niño aún no ha desarrollado.

Qué ocurre cuando un niño tiene una rabieta

Las rabietas suelen surgir en edades tempranas, especialmente entre los 1 y los 4 años, cuando el niño todavía no tiene la capacidad lingüística ni emocional para expresar sus emociones complejas de otra manera. Su cerebro está en pleno desarrollo, y muchas de las habilidades que permiten frenar una emoción intensa —como la lógica, la regulación del impulso o la paciencia— aún se están formando.

Durante una rabieta, el niño puede estar frustrado por algo tan simple como no conseguir un juguete, no querer dejar el parque o no poder comunicar lo que siente. El resultado es una descarga emocional intensa, que puede incluir llanto, gritos, lanzamiento de objetos o colapsos en el suelo. Esta conducta no es deliberada ni malintencionada, sino una forma de expresar una emoción que no puede verbalizar.

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Carlos González señala que los niños pequeños no saben aún gestionar sus emociones ni aplicar estrategias más elaboradas para pedir lo que quieren o calmarse. Por eso, compara la rabieta infantil con las formas más “eficaces” que un niño mayor o un adulto podría usar: “el mismo niño que montó una tremenda rabieta con tres años, a los catorce te pedirá la PlayStation sin tener una rabieta, porque habrá aprendido métodos mejores”.

Factores que influyen en las rabietas y cómo actuar

El origen de las rabietas puede estar en múltiples factores: cansancio, hambre, frustración por no poder expresarse, deseo de autonomía, necesidad de atención o simples cambios en la rutina. El cerebro emocional del niño (la parte más antigua del cerebro) toma el control cuando no puede manejar una situación frustrante por medio del lenguaje o la lógica.

La recomendación de los expertos en desarrollo infantil es no castigar ni ignorar completamente la rabieta, sino acompañarla con calma. Mantener la serenidad frente al desborde del niño ayuda a que él sienta seguridad y comience a aprender a regular sus emociones poco a poco. Validar verbalmente lo que está sintiendo —“veo que estás muy enfadado porque quieres seguir jugando” — puede ayudar a que el niño sienta que se le entiende y, con el tiempo, aprenda otras formas de comunicar sus necesidades.

Niño enfadado / Unsplash
Niño enfadado / Unsplash

Además, es importante que el adulto no pierda el control: si el cuidador se muestra tranquilo, esto favorece la autocalma del niño, ya que los pequeños suelen “reflejar” la calma de las figuras de apego durante momentos de estrés.

En conclusión, las rabietas no deberían verse como actos de rebeldía o desafío, sino como etapas del desarrollo emocional. El niño está aprendiendo a gestionar emociones más grandes que su capacidad de expresión. Los adultos pueden acompañarlos con paciencia, comprensión y límites claros, ayudándoles a construir gradualmente las habilidades que necesitarán para comunicarse y autorregularse en el futuro.