La historia de Alex Manejo pone rostro a una realidad incómoda que a menudo se simplifica de forma injusta. Vivir en la calle no es únicamente la consecuencia de perder el trabajo o no poder pagar un alquiler, que también lo es, sino el resultado de un proceso mucho más profundo y complejo. En su caso, las adicciones marcaron el inicio de una espiral que terminó dejándolo sin vivienda y completamente fuera del sistema.

Durante años, Alex llevó una vida de excesos que fue deteriorando progresivamente todas las áreas de su día a día. Las adicciones a las sustancias pasaron a ocupar el centro de sus decisiones, desplazando cualquier otra prioridad. El dinero, cuando aparecía, dejaba de destinarse a necesidades básicas como la comida o el alojamiento. "Cuando tenía 25 euros, lo gastaba en mi adicción y no en comida" relata.

Las adicciones como origen del problema

Con el paso del tiempo, las consecuencias se volvieron inevitables. La inestabilidad personal derivó en problemas y, finalmente, en la pérdida de la vivienda. La calle no llegó de forma repentina, sino como el último escalón de una caída prolongada, en la que cada intento de recuperación se veía frustrado por una adicción activa y la falta de apoyo estructural.

El caso de Alex Manejo desmonta uno de los grandes mitos sobre las personas sin hogar. No siempre se trata de falta de esfuerzo o de oportunidades, sino de problemas de fondo que condicionan cualquier intento de salir adelante. Las adicciones, en particular, actúan como un bloqueo constante que impide aprovechar recursos sociales, ayudas públicas o incluso ofertas de empleo.

La dureza de vivir en la calle

Una vez en la calle, la situación se vuelve todavía más extrema. La vida en la calle implica inseguridad, falta de descanso, exposición al frío o al calor y un rápido deterioro físico y psicológico. La supervivencia diaria se convierte en la única prioridad, haciendo prácticamente imposible pensar en el futuro o iniciar un proceso real de reinserción. A todo ello se suma el estigma social. Muchas personas sin hogar dejan de sentirse visibles o son juzgadas únicamente desde el prejuicio. Esta exclusión dificulta el acceso a empleo, vivienda y tratamientos adecuados, especialmente cuando existen problemas de adicción. Sin una intervención integral, la situación tiende a cronificarse.

La experiencia de Alex Manejo deja una conclusión clara: salir de la calle no depende solo de la voluntad individual. Requiere recursos estables, acompañamiento social y tratamiento específico de las adicciones. Sin ese enfoque global, miles de personas continúan atrapadas en una espiral de exclusión extremadamente difícil de romper.