Albert Om recuerda una infancia y una juventud en las que Barcelona parecía mucho más lejana de lo que realmente estaba. Aunque nació en Vic en 1966, cuando tenía apenas dos años su familia se trasladó a Taradell, un municipio situado a unos siete kilómetros que entonces apenas tenía entre 3.000 y 4.000 habitantes. Allí creció acostumbrado a un ritmo mucho más pausado, con menos tráfico, menos gente y una vida cotidiana completamente diferente a la de una gran ciudad.
Ese contraste explica que las primeras visitas a Barcelona no fueran precisamente una experiencia relajante. “Barcelona me quedaba muy lejos, hasta el punto que ir allí me daba mucho dolor de cabeza”, recuerda Om. Planes que para muchas familias podían ser especiales, como visitar El Corte Inglés, pasar el día en el zoo o acudir a un partido del Barça, para él suponían enfrentarse a un entorno que sentía excesivamente intenso.
Barcelona significaba ruido, gente y demasiados estímulos
Om creció en un pueblo donde prácticamente todo estaba cerca y el número de estímulos era mucho menor. Llegar a Barcelona significaba encontrarse de golpe con grandes avenidas, tráfico, comercios llenos y miles de personas desplazándose continuamente. El cambio podía resultar agotador para alguien acostumbrado a la tranquilidad de Taradell.
Por eso recuerda aquellas excursiones más por el estrés que le provocaban que por el atractivo del destino. No era que rechazara Barcelona, sino que todavía no estaba habituado a la dimensión y velocidad de la ciudad.
Taradell marcó su manera de entender la vida
Su infancia en un municipio pequeño también terminó condicionando su relación posterior con los espacios y los ritmos cotidianos. Haber crecido lejos de una gran capital le permitió construir una referencia muy diferente sobre lo que significaban la tranquilidad, las distancias y la convivencia. Con los años, Barcelona acabaría convirtiéndose en un escenario mucho más habitual en su trayectoria profesional. Pero aquella primera impresión permaneció en su memoria: para el niño que llegaba desde Taradell, una jornada en la ciudad podía ser una experiencia casi abrumadora.
La anécdota muestra hasta qué punto el lugar donde uno crece puede determinar la percepción de una gran ciudad. Para Albert Om, Barcelona no era inicialmente sinónimo de oportunidades o entretenimiento, sino de ruido, movimiento y cansancio. Incluso una visita al zoo o al Barça podía terminar convirtiéndose en algo mucho más estresante de lo esperado.
