La historia de Ainhoa, camionera profesional, refleja una realidad poco visible del sector del transporte por carretera. Lo que comenzó como una oportunidad laboral estable terminó convirtiéndose en un cambio radical de estilo de vida. Asumir el volante de un camión no solo supuso un nuevo empleo, sino una transformación completa de su rutina, sus relaciones y su forma de organizar el tiempo.
En sus inicios, Ainhoa realizaba rutas cortas, con trayectos de cercanías que le permitían dormir en casa y mantener cierta normalidad si no pasaba nada fuera de lo normal. Sin embargo, con el paso de los meses, las exigencias del trabajo fueron aumentando. Las jornadas se alargaron, las rutas se volvieron impredecibles y la conciliación personal empezó a desaparecer casi por completo.
Un trabajo que exige disponibilidad total
El trabajo de camionera implica una disponibilidad constante. Las retenciones, averías, cambios de carga o imprevistos en carretera pueden alterar cualquier planificación. Llegar a casa a la hora prevista se convierte en una excepción, no en la norma. Esta falta de control sobre el tiempo hace que hacer planes a largo plazo sea prácticamente imposible.
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Ainhoa explica que el mayor impacto no es físico, sino emocional. Vivir pendiente del camión, del tacógrafo y de los tiempos de conducción significa estar conectada al trabajo las 24 horas del día. Cenas familiares, celebraciones o simples encuentros sociales quedan supeditados a lo que ocurra en la carretera. La sensación constante es la de no poder comprometerse con nada.
La cara menos visible del transporte
Aunque el sector del transporte es esencial para la economía, sus condiciones laborales siguen siendo duras. Jornadas largas, presión por cumplir plazos y una elevada carga mental forman parte del día a día. En el caso de las mujeres camioneras, además, se suman retos adicionales como la soledad, la falta de infraestructuras adecuadas y la escasa comprensión. La vida social se reduce, los horarios pierden sentido y el cansancio acumulado pasa factura. La imprevisibilidad constante convierte cualquier día en una incógnita, algo que no todo el mundo está preparado para asumir a largo plazo.
Su testimonio pone sobre la mesa una reflexión necesaria, porque no todos los trabajos permiten separar vida personal y profesional. En el transporte pesado, esa frontera prácticamente desaparece. Y aunque ofrece estabilidad económica, exige una renuncia que muchas veces no se ve desde fuera. La experiencia de Ainhoa evidencia que detrás de cada camión en la carretera hay personas que sacrifican su tiempo, su descanso y su vida personal para que todo siga funcionando. Una realidad silenciosa que merece ser contada.