Tal día como hoy del año 1704, hace 322 años, y en el contexto de la Guerra de Sucesión hispánica (1701-1714/15), una flota naval anglo-neerlandesa —de la alianza internacional austriacista— rodeaba el peñón de Gibraltar. Aquella flota estaba comandada por el capitán inglés George Rooke —que poco antes había destruido la flota hispánica del Tesoro frente a las costas de Vigo— y por el general alemán Georg de Hessen-Darmstadt, que había sido el último virrey de Catalunya del reinado de Carlos II, el último Habsburgo hispánico. Los catalanes llamaban a Hessen, afectuosamente, "el príncep Jordi". Después del desembarco y conquista aliada del peñón, Hessen fue nombrado el primer gobernador aliado de Gibraltar.
Durante aquella jornada, las 63 naves de Rooke y Hessen anclaron en la bahía de Algeciras y encararon los trenes de artillería hacia el castillo de Gibraltar. Antes de abrir fuego, Hessen envió una misiva al gobernador borbónico de la plaza —el castellano Diego de Salinas— invitándolo a rendir la plaza. Las fuentes revelan que, una vez que la guarnición castellana conoció el contenido de esta carta, se produjo un motín. Salinas, consciente de que con solo 200 soldados y milicianos castellanos no podría resistir, optaba por rendir la plaza; pero el alcalde de Gibraltar —el castellano Cayo Antonio Prieto— se amotinó contra la autoridad de Salinas y llamó a la inmolación de la guarnición y de la población civil.
Al día siguiente, vencido el plazo, la flota aliada inició un feroz bombardeo del castillo, provocando la muerte de la mayoría de sus doscientos defensores. Mientras tanto, al otro lado del peñón se producía el desembarco de un cuerpo de la Infantería de Marina de Catalunya, dirigida por el capitán Joan Baptista Basset, que serían los primeros aliados en tocar tierra. Desde entonces aquella playa se llama Catalan Bay (la bahía de los catalanes). Pasadas seis horas del inicio del bombardeo y cuando el alcalde amotinado Prieto fue informado de que los catalanes estaban a punto de entrar en la ciudad, se avino a rendir la plaza. Pero los términos de la carta del día antes ya no eran aplicables y Prieto y Salinas no tuvieron más remedio que evacuar y entregar el peñón.