Tal día como hoy del año 1640, hace 385 años, en Lisboa —en el Palacio de Ribeira—, los estamentos del poder del país (mercaderes, nobleza y jerarquías eclesiásticas) proclamaban Juan de Braganza rey de Portugal, que reinaría como Juan IV de Portugal. De esta forma, Portugal, incorporada —prácticamente a la fuerza— al conglomerado hispánico tras la muerte del rey Enrique el Cardenal (1580), recuperaba su independencia. Durante la década precedente a la proclamación de Lisboa (1630-1639), Juan de Braganza, tataranieto del rey Manuel I de Portugal (1495-1521), había articulado alrededor de su figura un potente partido independentista que era ampliamente seguido en el interior del país y que tenía importantes apoyos en el exterior (Inglaterra, Países Bajos y Suecia).
El proyecto independentista de Juan de Braganza se había comenzado a forjar durante el reinado del monarca hispánico Felipe III (1598-1621), cuando la crisis por la caída de las remesas de metales americanos confirmaba que la cancillería de Madrid jamás podría cumplir las promesas de riqueza que había dado a las oligarquías nobiliarias y a las clases mercantiles lusitanas en el momento de la anexión (1580). Ahora bien, con la coronación del rey hispánico Felipe IV (1621), y sobre todo con el intento de implementación de las políticas de su primer ministro, el conde-duque de Olivares (1623-1640), la tensión se incrementaría notablemente y los mismos estamentos de poder portugueses que en 1580 habían apoyado la incorporación del país al edificio político hispánico, en 1640 se sumaban al proyecto de Juan de Braganza.
No obstante, el descontento portugués se remontaba a unas décadas antes: desde que la monarquía hispánica se había demostrado incapaz de defender las colonias del Brasil —que Portugal había aportado al conglomerado hispánico— de la acción y de la depredación de comerciantes y piratas neerlandeses, franceses e ingleses, con las enormes pérdidas económicas que esto representaba para las oligarquías portuguesas (inicios del siglo XVII). Este descontento se incrementaría a partir del momento en que el castellano Olivares —primer ministro de Felipe IV— propuso que portugueses y catalanes (las sociedades hispánicas que habían esquivado la crisis de los metales americanos) pagaran la parte principal de la factura militar (los tercios que guerreaban por todo el continente europeo); desapareció, definitivamente, cualquier posibilidad de entendimiento.