Tal día como hoy del año 1516, hace 510 años, Carlos de Habsburgo-Trastámara, hijo de Juana de Aragón y de Castilla —mal llamada la Loca— y de Felipe de Habsburgo-Borgoña —llamado el Hermoso— y, por lo tanto, nieto —por parte materna— y nombrado sucesor de los Reyes Católicos, salía de Gante y emprendía un viaje hacia la Península para hacer efectivo el testamento de Fernando el Católico (fallecido el 23 de enero anterior y que le había legado la Corona catalanoaragonesa). En cambio, teóricamente, no podía ser entronizado soberano de la Corona castellanoleonesa porque Isabel la Católica —la abuela materna (fallecida en 1504)— había testado a favor de Juana —la madre de Carlos—, que todavía estaba viva, a pesar de que estaba recluida en el castillo de Tordesillas a causa de una pretendida enfermedad mental.

No obstante, Carlos, animado por su abuelo paterno, Maximiliano de Habsburgo (archiduque independiente de Austria y duque independiente de Borgoña), viajó a Castilla y forzó la reunión de Cortes. Los consejeros que lo acompañaban advirtieron a los poderes castellanoleoneses que, sí o sí, Carlos sería coronado soberano del conglomerado catalanoaragonés (no aceptaban la existencia del eslabón intermedio personificado en Juana y se basaban en la literalidad del testamento de Fernando) y que, una vez asumido el poder en Barcelona, pondría todos los medios a su alcance, incluso los bélicos, para ser coronado en Toledo. En ese punto, el poder castellanoleonés aceptó su coronación a cambio de que reconociera que su madre —Juana— también era reina.

No obstante, Carlos impuso un estilo de gobierno autoritario. Poco después, con la muerte de su abuelo paterno, Maximiliano (1519), que también era emperador del Sacro Imperio, optaría a relevarlo y toparía con la resistencia de los estamentos más dinámicos de la sociedad castellanoleonesa (las clases mercantiles urbanas), que comprobarían, asombradas, que la prioridad y la urgencia del nuevo monarca era expoliar al reino para comprar las voluntades de los príncipes electores y obtener el cetro imperial. La revolución de los comuneros castellanoleoneses se inscribiría en el contexto de esta crisis, que culminaría con la desaparición de sus clases mercantiles y con la destrucción del aparato institucional castellano —pasaría a ser la matriz del poder central hispánico.