Tal día como hoy del año 1833, hace 184 años, el ministro del gobierno liberal español Javier de Burgos firmaba en Madrid el decreto de división provincial y administrativa que descuartizaba Catalunya en "provincias". Uno de los objetivos de aquella nueva división, que afectaba al conjunto de los dominios borbónicos peninsulares, era “uniformar el genio, las costumbres y el idioma de los españoles todos”. La nueva división provincial española, dibujada por el mallorquín Felip Bauzà y el vasco José Agustín Larramendi —inspirada claramente en el modelo jacobino francés— tenía el propósito de eliminar, definitivamente, la diversidad jurisdiccional, administrativa y cultural del Estado español.
Desde la ocupación militar borbónica de 1714, Catalunya había sido articulada como una "provincia" única. En los años previos a la división de Burgos, la Diputación de Catalunya y el Ayuntamiento de Barcelona habían solicitado repetidamente mantener la unidad "provincial" y crear seis distritos subalternos: Barcelona, Girona, Lleida, Manresa, La Seu d'Urgell y Tarragona: “La identidad del idioma, de los usos y del carácter de los catalanes ha formado entre ellos las más estrechas relaciones, que han sido más fortificadas por los vínculos de parentesco”. Sin embargo, esta propuesta no fue ni siquiera discutida en Madrid.
Solo diez años después, las críticas al modelo divisorio provincial eran devastadoras. Catalunya había conocido un conflicto institucional entre municipios que aspiraban a liderar aquellas entidades provinciales, y muchas regiones históricas, sociales y económicas del Principado quedaban divididas —o en el mejor de los casos, diluidas— por aquellas nuevas entidades provinciales. El Penedès quedaría dividido entre Barcelona y Tarragona; la Cerdanya, entre Girona y Lleida; la Segarra, entre Lleida, Barcelona y Tarragona, y la Ribagorça, entre Lleida y Huesca. Las Terres de l'Ebre quedaban diluidas dentro de la "provincia" de Tarragona; Arán, dentro de la de Lleida, y Osona, dentro de la de Barcelona.