Tal día como hoy del año 801, hace 1217 años, los ejércitos de Carlomagno, comandados por su hijo primogénito Luis el Piadoso, pactaban con las autoridades locales de Barcelona la incorporación de la ciudad y el territorio a los dominios del imperio franco. En la madrugada del día siguiente y en virtud de este pacto, las autoridades locales abrirían las puertas de la ciudad a los ejércitos francos y Barcelona, desde aquel momento, se convertiría en la capital de una unidad administrativa y militar del imperio Carolingio llamada Comitatum Barchinonense (condado de Barcelona). En el transcurso de aquel siglo, Barcelona sumaria a su capitalidad condal la del marquesado de Gotia, la región que agrupaba los condados francos de los actuales territorios del Languedoc y Catalunya.

En 801 Barcelona era una pequeña ciudad recluida dentro del primer perímetro de murallas que, a causa de las crisis urbanas de los siglos precedentes, había perdido las tres cuartas partes de los 8.000 habitantes que se estima que tenía durante la época de plenitud romana. Barcelona tenía aproximadamente 1.500 habitantes, asentados sobre una trama urbana que ni siquiera conseguía cubrir la totalidad del espacio intramuros. Tenía, sin embargo, una cierta actividad mercantil y portuaria. Las fuentes documentales revelan que el grupo mercantil de la ciudad mantenía un cierto volumen de relación comercial con los puertos del Languedoc y la Provenza. Asimismo, también revelan que la ciudad era el centro de comercio de un área territorial de economía básicamente agraria que abarcaba desde la desembocadura del Besós hasta la del Llobregat.

En el año 801 Barcelona llevaba aproximadamente medio siglo situada en tierra de frontera —tierra de nadie— entre los imperios franco (al norte) y andalusí (al sur). En aquella época las fronteras podían llegar a tener docenas de kilómetros de amplitud, y esta particularidad había impulsado un gobierno municipal independiente, dominado por las élites locales y con el apoyo militar de algunos elementos árabes mercenarios. Con la pactada incorporación al imperio franco, Barcelona perdería su independencia política. Fruto de los pactos, las élites locales conservarían una cuota de poder muy importante. Los francos, sin embargo, nombrarían a Bera —militar occitano, nieto segundo de Carlomagno— primera autoridad de la ciudad y del territorio, convirtiéndose así en el primer conde de Barcelona.