Tal día como hoy del año 1213, hace 813 años, se libraba en Muret (entonces condado independiente de Tolosa y actualmente Occitania-Francia) una batalla decisiva que enfrentaría las armas de la Casa de Barcelona y sus aliados occitanos contra las de la corona francesa. La derrota catalana pondría fin al proyecto político catalán de creación de un gran espacio común que debía reunir los territorios de la antigua marca de Gotia carolingia. La primera consecuencia de aquella derrota de las armas aliadas catalano-occitanas sería la progresiva basculación del espacio político y militar occitano hacia la órbita de París.
Según las fuentes documentales, aquella derrota se produjo debido a una serie de malas decisiones. El rey Pedro I, llamado el Católico, ordenó un ataque que inicialmente tenía el factor sorpresa a su favor, y que resultó un auténtico desastre. La noche anterior, los principales mandos de su ejército —y él mismo— se habían entregado a los excesos del alcohol. A primera hora de la madrugada, dirigió una operación bélica sin ninguna garantía. A todo esto se sumó el hecho de que la nobleza militar aragonesa, que había sido previamente convocada para la batalla, llegó tarde —posiblemente a propósito—, y con su demora perjudicaron los planes militares de Pedro I.
El rey Pedro I murió a manos de los soldados franceses y a golpes de espada. La muerte del rey y de buena parte de las oligarquías militares catalanas sumió al país en una situación de amenaza de desaparición que no se disipó hasta la mayoría de edad de su hijo y heredero, Jaime I (1218). Durante aquellos difíciles años (1213-1218), el gobierno de la Corona y la tutela del heredero fueron ejercidos por los caballeros templarios catalanes, a quienes se debe la continuidad del Estado catalano-aragonés. Paradójicamente, casi un siglo después (1308), el rey Jaime II iniciaría la persecución y erradicación de los templarios, que culminaría en 1313, coincidiendo con el centenario de la derrota de Muret.
