Tal día como hoy del año 1901, hace 125 años, en el palacio de Osborne, en la isla de Wight (al sur de Inglaterra, frente a las costas de Southampton), moría la reina Victoria I de Gran Bretaña, que había reinado durante sesenta y cuatro años (1837-1901). Esta etapa se correspondía con la plenitud del imperio británico. Gran Bretaña había relevado a Francia como primera potencia mundial tras la derrota y liquidación del régimen bonapartista (1814), y los británicos conservarían esta condición hasta la conclusión de la Segunda Guerra Mundial (1945), momento en el que se produciría un nuevo relevo en el podio, representado por Estados Unidos y la Unión Soviética.

Durante el reinado de Victoria I, los británicos construyeron y consolidaron su imperio, que abarcaría la India (con Pakistán, Bangladés y Birmania), el corredor africano Alejandría-Ciudad del Cabo (Egipto, Sudán, Uganda, Kenia, Zimbabue, Botsuana, Sudáfrica, Namibia), los territorios del golfo de Guinea (Ghana, Togo, Benín y Nigeria), los territorios caribeños (Guayana, islas de Barlovento), Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Papúa, Hong Kong y Gibraltar. Algunos historiadores afirman que los territorios bajo dominación británica durante la época victoriana representarían el imperio más extenso y más poblado de la historia de la humanidad.

También durante su reinado, Gran Bretaña vivió un extraordinario proceso de transformación social y económica. La revolución industrial transformó totalmente el país, que pasó de ser básicamente rural —y representado por una inmensa masa de inquilinos y jornaleros agrarios— a casi totalmente urbano —escenificado en las grandes concentraciones de obreros de la industria y de las minas (la working class)—. Sin embargo, aquel nuevo escenario no resolvería las históricas desigualdades sociales y económicas, y la época victoriana sería también la de los lujosos palacios aristocráticos rurales, que contrastaban con los míseros barrios obreros de las ciudades.

En un plano más personal, los biógrafos de la reina Victoria I coinciden en que tuvo una infancia triste y solitaria (fue aislada, a propósito, por su madre y por el secretario y amante de esta). Pero, en cambio, vivió una juventud y una madurez en plenitud. Quinta en la línea sucesoria, acabaría sentada en el trono tras una rocambolesca serie de muertes prematuras de parientes. Esto le permitiría negociar, personalmente, su matrimonio. Se casó con el aristócrata alemán Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha y los biógrafos destacan que fue un matrimonio feliz. Alberto murió en 1861, a los 42 años, y Victoria le sobrevivió cuarenta años, muriendo a los 82 años.