La iniciativa del Gobierno español de proponer al exministro de Industria José Manuel Soria como director ejecutivo del Banco Mundial y la respuesta ofrecida por el presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy, durante su visita a China para asistir a la reunión del G-20, demuestra hasta que punto el embrujo de la Moncloa ha alejado al gobernante español de la realidad. Si indecoroso fue nombrar hace unos meses al exministro de Educación José Ignacio Wert como embajador ante la OCDE simplemente porque se había abrasado en el cargo y así, de paso, podría residir con su pareja en París, repetir el error en un grado mayúsculo es toda una temeridad. Lo castiguen los electores o no.

Desde que Wert llegó a París en agosto de 2015 solo ha sido noticia por su jubilación de oro o, más recientemente, por el coste de la rehabilitación de la finca donde se aloja y el embellecimiento de los jardines de la cancilleria, ubicada en una de las avenidas más lujosas de París, la Avenida Foch. Nada más. Eso, después de ser uno de los peores ministros de Educación de la democracia, autor de la polémica LOMCE y polemista en mil y una batallas, algunas tan desgraciadas como cuando señaló que había que españolizar a los niños catalanes.

El caso de Soria, un ministro peleado con casi todos los sectores regulados de los que era interlocutor, es aún más grave. La dimisión de Soria se produjo en el marco de una serie de informaciones en las que aparecía en los denominados papeles de Panamá. Ninguna de las explicaciones que ofreció le salvaron de la dimisión y lo que sucedió es que desapareció del foco mediático. De eso a que pueda ser recuperado, por la puerta de atrás, para un cargo internacional en el que además representa un Estado no deja de ser un acto de soberbia de Rajoy o De Guindos y, también, de desconexión absoluta con la realidad.

Quizás habrá que pensar que este gobierno no solo está en funciones sino que ha cruzado el Rubicón hacia ninguna parte.