Un ejecutivo que a finales del siglo pasado ocupaba un puesto muy relevante en una empresa catalana y que ahora trabaja en Estados Unidos me llamó ayer con unas preguntas aparentemente muy sencillas: ¿Cómo estás? ¡Qué fuerte! ¿Qué os ha pasado en Catalunya? ¿Pero qué ha sido esto, un huracán? La única información que tenía era que se habían suspendido sine die los trenes de Rodalies, Regionales y Media distancia, y que el Servei Català de Trànsit había cortado la AP-7 en dirección sur a la altura de Martorell durante días o semanas. Antes de que le pudiera contestar, él mismo, que vivía aquellos años en el Garraf, prosiguió: ¿Entonces, cómo se entra y se sale de Barcelona? 

Eran preguntas sencillas, claras, pero la respuesta no era tan fácil. Él se fue cuando el AVE prácticamente se acababa de estrenar y funcionaba como un reloj suizo. Tanto es así, que Renfe devolvía a los pasajeros el 50% del billete por retrasos de 15 minutos y el 100% por demoras de 30 minutos. Desde el 1 de julio de 2024, esto cambió y ahora se devuelve el 50% por 60 minutos (1 hora) de retraso y el 100% por 90 minutos (1 hora y media). La autopista AP-7 era de peaje —la gestionaba Abertis, accionarialmente catalana hasta 2018— y la compañía era responsable del estado de la infraestructura. Pero en septiembre de 2021 se liberalizaron los peajes de la AP-7 desde Tarragona a la Junquera y de la AP-2 desde Zaragoza a El Vendrell (Tarragona), ambas utilizadas masivamente por más de 12.000 transportistas diariamente en dirección a la frontera francesa. Esas dos vías, unidas a liberalización de las autopistas catalanas C-32 (Barcelona-Lloret de Mar) y C-33 (Barcelona-Montmeló), ambas dependientes de la Generalitat, hizo que 1.029 kilómetros de autopistas de peaje pasaran a ser gratis. De rebote, nadie discutirá hoy en día que nunca había estado tan mal la infraestructura. Pero es gratis. Lo único que funcionaba igual era Rodalies: mal entonces, peor ahora.

Nunca los grandes acuerdos con Renfe han sido buenos para Catalunya

Pero volvamos con mi interlocutor y su incisivo comentario de cómo era posible que estuvieran paralizados tantos servicios públicos. Por más que le relataba las intemperies climatológicas, importantes lluvias y vientos intensos o grandes nevadas en muchas zonas, sobre todo en la parte norte de Catalunya, no daba crédito. ¿O sea, que ha llovido mucho y Rodalies no funciona, el AVE a Madrid en muchos tramos no puede superar los 160 km/h y la caída de un muro de contención en Gelida (Alt Penedès) cierra la autopista hacia el sur? Pues sí, le dije. Y con ironía me comentó: ¿con los fenómenos meteorológicos cada vez más extremos en el Mediterráneo, no sé qué haréis si tenéis un huracán? Él había vivido en Catalunya las protestas, en diciembre de 2007, por el hartazgo del caos ferroviario, en las que salieron a la calle varios cientos de miles de personas reclamando el traspaso de la red de transportes y de las infraestructuras a la Generalitat. También que fuera la Administración catalana la que recaudara y gestionara los impuestos de los catalanes y que se publicaran las balanzas fiscales. Ciertamente, la política catalana es un déjà vu.

Me volvió a llama por la tarde, aún más desconcertado, después de escuchar a Toni Clapés, en su programa de Versió Rac1, preguntándose por la falta de un aviso al teléfono móvil advirtiendo a los que iban a desplazarse a primera hora que Rodalies no funcionaria en todo el día. Clapés tiene razón, me dijo convencido. Eso, aquí, no pasa, insistió. Mientras tanto, a última hora de la tarde, el Govern anunciaba la recuperación escalonada del servicio de Rodalies y Regionales durante este jueves, Renfe afirmaba que no podía garantizar esta reanudación porque los maquinistas lo consideran precipitado y el sindicato ferroviario Semaf valoraba como insuficiente las pruebas realizadas por Adif durante la noche del martes y convocaba una huelga para los próximos días 9, 10 y 11 de febrero en todo el Estado.  Una huelga siempre tiene que ser el último recurso, pero lo que hemos sabido estos días de sus denuncias sobre el estado de las vías y los trenes y la desidia de los gestores de la infraestructura no es tranquilizador.

Ya sé que no es agradable para muchos, pero nunca los grandes acuerdos con Renfe han sido buenos para Catalunya. Otros, en otros sitios, dirán otra cosa, pero aquí ésta es la pura realidad. Por eso, era más inteligente ir transfiriendo las diferentes líneas de Rodalies a la empresa Ferrocarrils de Catalunya, que controla la Generalitat, y sabemos que funciona en un grado que ya le gustaría a Renfe acercarse. Todo lo otro me temo que serán apaños. De ahí el escepticismo a la nueva empresa mixta, Rodalies de Catalunya, SME, que se constituirá a finales de 2026 y donde la Generalitat tendrá el 49,9% y Renfe el 50,1%. Porque, al final, quien manda, manda.