Pedro Sánchez se lo ha jugado todo a una carta: gobierno monocolor y, en todo caso, con un matiz que no quiere decir nada, como es el de definirlo como un gobierno de cooperación. Pablo Iglesias, por su parte, también ha hecho una apuesta de todo o nada: dice que solo acepta el gobierno de coalición. Con estas dos posturas tan alejadas se encontrarán hoy Sánchez e Iglesias para negociar la investidura del primero a presidente del gobierno dentro de dos semanas. El presidente en funciones busca el KO de su adversario, su humillación y que sus 42 escaños sirvan tan solo para suscribir un documento de gobernación de España y que aleje a los morados de la sala del Consejo de Ministros.

No llegan ambos en el mejor momento posible en sus relaciones, que nunca han sido especialmente buenas. Las horas previas han estado marcadas por la intransigencia y la inflexibilidad de posiciones, algo que al PSOE, con mayor experiencia política, siempre le suele salir bien. Pedro Sánchez ha preparado una investidura a fuego lento ya que las elecciones españolas fueron el 28 de abril y la primera sesión la ha convocado la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, casi tres meses después. En este tiempo, la idea del gobierno de coalición ha ido perdiendo puntos, los dirigentes socialistas que la bendecían han dado un paso atrás, las élites empresariales han llegado a decir que más vale que se celebren otras elecciones que Pablo Iglesias sea ministro y Podemos se ha ido desfondando como opción política vigorosa perdiendo buena parte de su poder municipal. El PSOE sabe que su entrada en el gobierno tiene tres problemas fundamentales: les da oxígeno político en el momento que están más desfondados, les complica sus negociaciones en Europa, donde no quieren saber nada de un gobierno tan escorado a la izquierda, y sitúa en vía muerta cualquier intento de una legislatura de geometría variable en el Parlamento español.

Todo eso que le viene bien al PSOE son bazas con las que juega Podemos. Iglesias, además, ha limpiado el camino de trabas y obstáculos que hicieran inviable la circulación para Sánchez. Así, ha hecho una promesa pública de lealtad al PSOE en los temas de Estado y ha guardado en el último de sus cajones su vieja propuesta de defensa de un referéndum de independencia en Catalunya. Todo, para que Podemos se siente por primera vez en la reciente democracia española en el gobierno. Por todo ello, la investidura de Pedro Sánchez puede acabar no siendo tan sencilla como los números dicen ya que ambos han hecho de la cuestión un tema de principios y uno u otro tendrá que ceder.

El otro día, una periodista alemana se sorprendía de que lo que en su país se lleva haciendo desde hace varias décadas fuera tan difícil en España, que no ha tenido aún ningún gobierno de coalición. Lo cierto es que los derroteros políticos en Madrid se entienden así más fácilmente: negociar, dialogar y hablar son palabras vetadas. Solo sirve ganar. Es el único lenguaje que se entiende.

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