Lo dije el jueves después de que se decidiera paralizar todo el país enviando a todos los teléfonos móviles una alerta por viento y suspendiendo la actividad educativa, universitaria y deportiva, también la sanitaria que no fuera urgente, y con el conseller de Empresa, Miquel Sàmper, recordando en las redes y en los medios que quien no pudiera teletrabajar tiene derecho a un permiso retribuido: cuidado que al Govern no se le vayan las alertas de las manos. Porque es evidente que la actuación del jueves fue exagerada: no hacía falta detener todo el país ni que fuera durante todo el día. Se tendría que haber diseccionado mucho más fino, ya que hubo varias comarcas que ni se enteraron del viento, y en las más afectadas, el riesgo mayor había pasado antes de mediodía.
Este sábado ha vuelto a suceder algo así. Hacia las 9.30 horas llegó a mi teléfono una Es-Alert de vientos muy fuertes en la que se me prevenía para evitar desplazamientos y actividad en el exterior durante todo el día. Estaba en La Seu d'Urgell y, al parecer, el aviso de las comarcas del norte del país se envió al Pirineo, Prepirineo y Alt Empordà, aunque diferentes personas de Osona, Berguedà y Ripollès también la recibieron. Obviamente, las comarcas del sur del país, que, según el mapa de Protecció Civil, eran las más afectadas: Montsià, Baix Ebre, Baix Camp y Ribera d'Ebre, donde se anunciaban rachas extremadamente fuertes, con la posibilidad de superar los 144 km/h.
No solo se corre el riesgo de banalizarlas, sino que los usuarios acaben no dándoles importancia, lo que sería muy peligroso
Las imágenes del sur del país hablan por sí solas, pero las más impactantes son de la madrugada y de la mañana, ya que las ráfagas de viento se fueron desplazando hacia el sur. Así lo señalaba la alcaldesa de Mas de Barberans, en el Montsià, Daniela Lleixà, que lamentó que la alerta se recibiera en su municipio a las 9 de la mañana, cuando el daño ya estaba hecho. Yo solo puedo hablar por La Seu, y aquí no hubo ráfagas de viento importantes, ni nada que justificara la alerta. Era la segunda vez que la alerta no tenía justificación, porque el jueves tampoco había hecho viento. Si los responsables de activar el aviso telefónico se hubieran dado una vuelta este sábado por el mercado o cualquier comercio de la ciudad, hubieran salido corriendo por los comentarios que se oían, y dudo mucho que se hubieran dado a conocer.
Las nuevas tecnologías nos permiten ser más precisos y el síndrome del Ventorro ni puede ni debe ser la razón por la que se adopte la decisión de enviar las alarmas. No solo se corre el riesgo de banalizarlas, sino que los usuarios acaben no dándoles importancia, lo que sería muy peligroso. En el Alt Urgell, las carreteras de montaña tenían el tráfico de un fin de semana habitual y la recomendación de evitar desplazamientos había caído en saco roto. Que no acabe pasando como con el VAR en el mundo del fútbol, que algo que tenía que haber venido para poner rigor y ayudar en decisiones difíciles para los árbitros, acabe pisoteado y entre protestas por el mal uso que se hace. Sería una lástima.