Esta semana renunció al cargo de primera ministra de Suecia, Magdalena Andersson, después de que la coalición de partidos de centroizquierda perdiera peso respecto a la de centroderecha y, pese al ajustado resultado, los segundos se impusieran a los primeros por 176 escaños a 173. Este cambio, normal entre espacios ideológicos, llevaba adosado una bomba de relojería: la ultraderecha Demócratas de Suecia había escalado hasta el segundo lugar y si se respetara el resultado del pasado domingo con parámetros ideológicos le tocaría encabezar el gobierno a su líder de 43 años, Jimmie Akesson. Seguramente no será así, pero Akesson condicionará y mucho el gobierno tras los resultados del pasado día 11 y, en cambio, el Partido Socialdemócrata, considerado el arquitecto del Estado del bienestar en aquel país y que después se exportó a la vieja Europa, que había liderado el mapa político sueco desde la década de los 30 ininterrumpidamente hasta 1976, ha ido perdiendo claramente peso con la entrada en el nuevo siglo.
En el otro lado del continente, en Italia, se celebrarán elecciones el próximo domingo 25, en una cita electoral que está claramente marcada por la posibilidad de que la extrema derecha llegue al gobierno de la mano de Giorgia Meloni. De hecho, Meloni y su partido Fratelli d'Italia parten como favoritos en las encuestas y el último sondeo del influyente diario italiano Corriere della Sera la consolidaba con el 25,1% de los votos, por encima de Enrico Letta, el principal candidato de la izquierda. Si los pronósticos se cumplen, puede encabezar un gobierno con mayoría absoluta en la Cámara de Diputados y en el Senado.
Suecia e Italia no son la excepción y siguen los pasos de países como Polonia, Hungría y Austria (entre 2017 y 2019). En otros países, como Francia, solo el cordón sanitario ha conseguido dejarlos fuera de los centros de poder, aunque en varias elecciones Marine le Pen haya conseguido la primera posición en la primera vuelta. Estamos, por tanto, ante un fenómeno que no es nuevo, aunque cada año que pasa gana posiciones y refuerza su solidez electoral, como se vio también en España con la aparición de Vox, que ya gobierna en varias autonomías en coalición con el Partido Popular.
Ante este fenómeno político, los partidos tradicionales no han sabido dar ninguna respuesta, ya que la receta se les ha quedado antigua. La crisis económica, la inseguridad y la inmigración han sido un cóctel perfecto para la demagogia de esos partidos. Pero también la renuncia a defender valores democráticos de una izquierda que ha creído que nada pasaría factura y ha ido haciendo una continua renuncia a aspectos relacionados con la libertad con carácter general. Al final, de tanto diluir sus principios, otros con argumentos mucho más llamativos y con mucho más ruido han encontrado un terreno abonado. En el binomio seguridad-libertad han renunciado a defender la primera y han sido renuentes en la segunda y así la ultraderecha ha ido ganando posiciones. Hoy forma parte del escenario político con posibilidades de liderarlo en algunos países y de ser imprescindibles en otros.
Y es que las renuncias no salen gratis, aunque los efectos no se notan en el corto plazo. Pero al final siempre se notan.