Veinticuatro horas después de las elecciones del domingo, el horizonte español empieza a despejarse. A diferencia del pasado mes de diciembre, Mariano Rajoy y el PP han tomado la iniciativa y ya buscan aliados para una futura sesión de investidura. Ciudadanos, en una posición más débil que el 20 de diciembre y con una cierta urgencia por no alargar este momento y, si puede, obtener el mayor rédito político posible, ha empezado a retirar las barricadas levantadas durante estos meses. Las políticas y las personales. La primera que parece haber desaparecido literalmente de la zona de combate es la de la continuidad de los populares en el gobierno y quién sabe si incluso la de Mariano Rajoy, asunto sobre el que la formación de Albert Rivera ha emitido mensajes contradictorios en las últimas 24 horas.

A la decisión final de Ciudadanos ayudará y mucho que los socialistas hayan entendido desde la misma noche electoral que su lugar está en la oposición y también que Podemos esté en una fase de readaptación a su nueva situación y al batacazo que le han propinado las urnas. El pavo real se ha quedado sin plumas en su intento fallido de superar al PSOE y, fruto de su inconsciencia y egoísmo, la llamada nueva izquierda ha desaprovechado durante la pasada primavera una oportunidad histórica. Hoy quizás no la vean, como no la divisaron en navidades, pero es simplemente una cuestión de tiempo y de menos arrogancia.

El líder socialista, Pedro Sánchez, el político al que le han recitado más responsos desde que fracasó en la investidura el pasado mes de abril, pese a obtener los peores resultados del PSOE en la democracia se ha parapetado detrás de su victoria frente a Podemos y de la derrota de Susana Díaz frente al PP. De los cinco escaños que ha perdido el PSOE, dos son en Andalucía y otro en Catalunya, territorios donde Sánchez tiene poco que decir. La inmaculada presidenta andaluza ya sabe lo que es perder unas elecciones y esa banderilla que le han clavado los populares da oxígeno al secretario general de su partido.

Encarrilados, en parte, los movimientos de PP, PSOE, C's y Podemos para completar una alianza entre la derecha popular y el centro de Rivera habrá que ver qué papel se le reserva al PNV cuyos cinco diputados pueden valer un precio importante para acercarse a la mayoría absoluta de 176 escaños. Los nacionalistas vascos, siempre bien situados cuando hay que cerrar acuerdos, tienen a la vuelta del verano unas elecciones trascendentales en el País Vasco. Sabido es que nadie negocia como ellos y que Podemos aprieta para la alternancia. Asistiremos a un cambio de cromos, ya que PP y también el PSE no quieren a la formación de Iglesias en el gobierno vasco. Si este puzle acaba encajando el fantasma de las terceras elecciones quedará enterrado definitivamente. ¿Y las formaciones independentistas catalanas? A los 17 escaños que poseen nadie quiere ni acercarse. Esta sí que es la línea roja de la política española. No el referéndum.