La desaparición de la Mesa de diálogo del programa electoral del PSOE para las próximas elecciones del 23 de julio no hace, sino, poner de manifiesto que Pedro Sánchez nunca tuvo una voluntad real de resolver el conflicto político entre Catalunya y España. Fue tan solo una artimaña para conseguir los votos que necesitaba para ganar primero la moción de censura a Mariano Rajoy del 1 de junio de 2018 y arrebatarle la presidencia del gobierno. Repitió nuevamente la jugada en diciembre de 2019 para superar la investidura, en un momento en que su crédito con los compromisos adquiridos no se había desplomado como sucede ahora. Tanto es así que reiteradamente en las entrevistas se le pregunta por sus mentiras, algo que no acostumbra a suceder en un presidente-candidato a la reelección y que él, hábilmente, ha tenido que encontrar una respuesta tipo para no improvisar. "Yo no he mentido, he cambiado de opinión", repite ahora como un mantra.
Está bien empezar a clarificar las cosas. Ahora ya sabemos que además de ser un instrumento políticamente vacío y que solo ha servido para hacerse unas pocas fotos ambos gobiernos, el PSOE lo ha declarado extinto con la excusa de que estamos en otro tiempo político y se ha desinflamado la situación. Primero fue un gancho para rebajar la tensión y ahora que ciertamente la tensión institucional no existe ya no tiene razón de ser. A Adolfo Suárez, el primer presidente de la democracia, un día el exvicepresidente Alfonso Guerra le llamó desde la tribuna de oradores el tahúr del Misisipi. Si no fuera porque el Guerra de hoy le dedicaría unos calificativos mucho más hirientes a Sánchez, si le tuviera que calificar de tramposo, habría que hacer un manual para juntar todas las mentiras o los cambios de opinión que ha tenido respecto a Catalunya.
El president en el exilio, Carles Puigdemont, se refirió en una entrevista el pasado miércoles a los visitadores del PSOE que ha recibido en el Parlamento Europeo para ofrecerle unas condiciones si regresaba a España que contemplaban un indulto del gobierno español. Explicó que lo había rechazado porque o había una solución política global o la negociación individual era impensable. Pero lo realmente curioso es la prisa que se dio el gobierno español a negar estos contactos y a descalificar a Puigdemont cuando es de sobra conocido que estos contactos se han producido, no solo en una ocasión y a través de personalidades, no de diputados de a pie. Lo cierto es que la política y los hechos de Sánchez no pueden confrontarse con la verdad, ya que siempre saldría derrotado.
Pero volvamos a la Mesa del Diálogo y la necesidad que tiene el PSOE de pasar un típex a esta última etapa política lanzado como está para confrontarse con el Partido Popular en el terreno más españolista. Realmente, poco se llevan en el zurrón los dos presidentes de la Generalitat que se han sentado frente a la delegación del gobierno español, Quim Torra y Pere Aragonès. De la visita de Torra a la Moncloa con varios consellers se recuerdan unas imágenes por los jardines de la Moncloa. De Aragonès, alguna intrascendente reunión. Pero la política líquida que se practica en la actualidad tiene muchos momentos como estos en los que solo hay humo, aunque se intente vender como una gran historia.
Pero para nota, el campeón de las meteduras de pata, Alberto Núñez Feijóo, que por la mañana en una entrevista radiofónica asegura que mantendrá la mesa de diálogo de los dos gobiernos, el español y el catalán, alegando que no tiene ningún interés en ir contra una mesa si está constituida. Caramba con Feijóo piensan algunos. El gallego desbordando a Sánchez ahora que él se retira. Pero todo era fruto de sus errores. Pocas horas después, el partido le rectificaba y aseguraba contundentemente que la desactivará cuando llegue al gobierno. Tampoco sabe que ya no hará falta porque no es que esté hibernada, es que está muerta.
