He seguido todas las elecciones catalanas, desde las primeras de marzo de 1980 en que con sorpresa Jordi Pujol se impuso a Joan Reventós, para saber perfectamente cómo se desenvuelven los medios de comunicación españoles y también los partidos que no son de obediencia estricta catalana a la hora de españolizar la campaña. Bajo el manto de "hay que hablar de las cosas que afectan a los ciudadanos", se esconde siempre rehuir el debate de fondo, el importante: Catalunya no puede atender a sus ciudadanos como se merecen por la asfixia económica que padece.

Y la opresión que padece la sufre por dos vías: la primera, el sistema de financiación que provoca que el déficit fiscal del Estado con Catalunya supere los 20.000 millones de euros anuales. La segunda, de mucho menor cuantía, pero mucho más humillante, en el cumplimiento de los presupuestos generales del Estado. Las inversiones que allí aparecen, que siempre son inferiores a las que le tocaría a Catalunya, acaban no cumpliéndose nunca. Son famosos los ejemplos de que mientras Catalunya se queda en una media anual que no suele llegar al 50%, la Comunidad de Madrid suele sobrepasar impúdicamente el 100% y a todo el mundo le parece de lo más normal. Eso pasa con gobiernos del PP y también, más recientemente, con los de Pedro Sánchez.

La rebelión que se produjo en Catalunya de las clases medias contra el tratamiento del Estado español llevó primero a reclamar el pacto fiscal, sin éxito alguno. Más tarde, se elevó la apuesta con el estado independiente y acabó con el referéndum del 1-O y la proclamación de independencia. La represión judicial, policial y política cortó de cuajo todo el proceso. Pero, ahora, cuando se ha pretendido volver a hablar de las cosas que interesan a los ciudadanos, se ha comprobado que en los casi siete años que el Estado español ha tenido para revertir aquellas viejas reivindicaciones del catalanismo no había hecho nada. Nada de nada. Cero patatero, que diría el expresidente Zapatero.

Por eso, el procés sigue como el elefante en medio de la habitación. Hay un cierto desánimo en las filas independentistas y también cansancio. Ha habido errores, algunos se han reconocido y otros no. Pero la esperanza de una relación diferente con España, la exigencia de revertir el maltrato fiscal para poder, entre otras cosas, bajar impuestos, persiste. Y la campaña electoral catalana, la decimocuarta, volverá a ir de lo mismo que han ido las 13 anteriores. Y la victoria se la acabará llevando el que sea percibido como el político capaz de obtener los mejores resultados para Catalunya en la negociación con Madrid.

La campaña electoral catalana, la decimocuarta, volverá a ir de lo mismo que han ido las 13 anteriores

Es cierto que en 2017 y en 2021, Ciudadanos y PSC ganaron los comicios, pero en ninguno de los dos casos pudieron gobernar. Muchos piensan que este 2024 será diferente. Vamos a esperar un poco y ver cómo se sedimentan los movimientos que ha habido y si hay un cambio de rasante tras la precipitada convocatoria electoral del president Aragonés. Y qué nos dicen las encuestas en las próximas dos o tres semanas: si las elecciones son una cosa de tres, Illa, Puigdemont y Aragonés o, por el contrario, han pasado a ser una cosa de dos, en que la victoria solo pueda caer en el lado del dirigente socialista o en el del president en el exilio.