Viendo hoy cuál es la realidad partidista del independentismo y su fragilidad como un espacio común reivindicativo cuesta de hacerse a la idea de cómo pudo ser posible llevar a cabo aquel referéndum del 1 de octubre, la movilización cívica del 3 de octubre frente a la represión policial y la contundente respuesta política de aquellas semanas a un deep state que hizo del autoritarismo su única bandera. Pero sucedió. No fue un sueño ni una quimera. Fue la movilización más importante frente a un estado autoritario que aquel día quedó en evidencia ante el mundo entero. Todos recordamos cosas de aquella jornada histórica de la que la ciudadanía no se apeado nunca y no deja de reivindicar de una manera muy mayoritaria la sociedad catalana. El independentismo catalán salió malherido de aquella desigual batalla porque no tenía respuesta frente a la violencia del Estado que primero reprimió indiscriminadamente y después, ya de una manera selectiva, procedió a laminar el autogobierno, procesar a sus dirigentes políticos y sociales e hizo del terror su única política negociadora.

Se ha vuelto a ver con la inhabilitación del president Quim Torra por parte del Tribunal Supremo por colgar una pancarta pidiendo la libertad de los presos políticos. Es el tercer president represaliado del procés y una manera de mandar un mensaje inequívoco: el estado está dispuesto a arruinarte la vida si no caminas por el estrecho carril de una autonomía recortada política y financieramente. Los tres años transcurridos desde el 1-O de 2017 permiten tener ya una cierta perspectiva de los éxitos alcanzados y también de los errores cometidos. Con una visión retrospectiva, lo he dicho más de una vez y no me cansaré de repetirlo, no puedo compartir el pesimismo y la autoflagelación exagerada que muchas veces he visto o he notado. Es algo muy propio de los catalanes no utilizar un gran angular para tener el cuadro total de la situación, aquel que permite saber cómo estás tu y cómo está tu adversario.

Claro que el independentismo tiene sus divisiones, sus problemas y sus estrategias necesitadas de amplios acuerdos pasa seguir avanzando. Pero el Estado español ha colapsado con un jefe del Estado alineado con la derecha y haciendo un pulso al Gobierno, una justicia que se ha hecho con un poder desconocido en regímenes democráticos, un rey emérito fugado al extranjero y envuelto en casos de corrupción, una crisis territorial con Catalunya queriendo abandonar España, un debate abierto entre monarquía o república a lo que hay que sumar la pésima gestión de la crisis del Covid-19 y la crisis económica que deja a España como el país con la mayor caída del PIB prevista en 2020 y 2021. Hay motivos, por tanto, para no dar la batalla por perdida y seguir pensando que una Catalunya independiente no es un proyecto desencaminado por más que el relato oficial impuesto desde los medios de Madrid y sumisamente aceptado por algunos rotativos locales diga lo contrario. La partida no ha acabado por más que la hayan dado varias veces por finalizada. Si no se produce un terremoto político el independentismo volverá a ser mayoritario en el Parlament, superará los resultados de 2017 y es probable que obtenga por primera vez el 50% de los votos. Algo que sería un hito y daría un empuje muy importante al movimiento.

Nosotros desde El Nacional.cat queremos ser la voz de esta amplia mayoría de la sociedad catalana que lucha por no ser silenciada, que no se rinde frente a las dificultades y que confia en la vitalidad del país, que como un junco se dobla pero siempre sigue en pie. Lo dijimos cuando salimos en marzo de 2016: se vislumbraba la crisis de la prensa de papel que ahora se ha hecho gigante y ha dejado a los medios considerados antaño de referencia al albur de las necesidades de las grandes empresas y de las administraciones. Por eso la información está hoy más en riesgo que nunca. Ahora hace un año, pusimos en marcha el club de El Nacional con el triple objetivo de profundizar en la relación con nuestros lectores, reforzar su nivel de pertenencia y su apoyo al periodismo que practicamos y crear una comunidad de partidarios del diario y de su línea editorial. Un año después seguimos necesitando más que nunca que cada vez la familia de El Nacional sea más y más numerosa y exprese esta complicidad dándose de alta en el Club El Nacional. Porque ese es el único camino para garantizar la independencia del diario ante el tsunami sobre el sector publicitario y la caída de ingresos que se está produciendo.