El derribo de la escultura del dictador Francisco Franco (sin cabeza) en el Born de Barcelona ha puesto punto y final al esperpento protagonizado por el Ayuntamiento de la capital catalana y por su alcaldesa Ada Colau, que en un acto de gran frivolidad decidió su instalación frente al centro cultural el pasado verano. La estatua acabó en la noche del jueves por los suelos, empujada por tres jóvenes, después de unos días de controversia mediática y ciudadana. Franco llegó a caballo al Born el pasado lunes y salió 82 horas después en un camión de reciclaje de la limpieza. Una buena metáfora para entender el paso del tiempo entre la muerte física del general un 20 de noviembre de 1975 en Madrid y el día que acabó por los suelos en Barcelona un 20 de octubre de 2016. En estas 82 horas en que la estatua ha estado en el Born hemos visto todo tipo de imágenes de una gran fuerza plástica; también, de una performance enormemente imaginativa y que permite todo tipo de literatura. ¿Qué no hará el gran Quim Monzó de una situación tan surrealista que ni él hubiera sido capaz de imaginar?

Solo la soberbia y la torpeza del equipo de gobierno explican la magnitud del error cometido. Y lo más sorprendente es que han perdido este punto de alejamiento del latir ciudadano en poco más de un año, el tiempo transcurrido desde las municipales de 2015. Es cierto que Colau sigue conservando un alto instinto de supervivencia política y que pese a ser incapaz de conformar una mayoría de gobierno ha sabido trampear la mayoría de las veces con alianzas con la CUP y con el PSC, al que hábilmente ha integrado en su gobierno aunque haya tenido que pasar por alto todos los insultos que le dedicó en aquella campaña electoral. Dicen que es la realpolitik, nada diferente a la que acabará certificando este domingo el aval del PSOE a un nuevo gobierno de Mariano Rajoy. También realpolitik. Un menú del todo insuficiente para Esquerra, cuyo líder en el consistorio, Alfred Bosch, ha resistido hasta la fecha todos los cantos de sirena que ha recibido e incluso en ocasiones ha enervado a los suyos. Y, por ahora, no parece haberse equivocado.

Aunque Colau es, hoy por hoy, una política que ha conseguido con gran habilidad esquivar los fallos cometidos, muchos de ellos de bulto, de su equipo de gobierno y de su círculo más íntimo de colaboradores, nadie es inmune a la acumulación de errores. Tampoco ella. No es extraño que se haya como evaporado del ruido mediático en estas últimas horas y tan solo haya querido explotar su imagen abrazándose a la querellada presidenta del Parlament, Carme Forcadell, o alzando su voz en contra de la sentencia del TC por la suspensión de la ley que prohíbe los toros en Catalunya. Para los temas domésticos ya está su segundo, Gerardo Pisarello. El problema para la alcaldesa es que el tema del Born y la estatua de Franco ya se ha hecho viral. Es la imagen del mandato unida a la torpeza de una decisión. A un antecesor suyo, Jordi Hereu, le sacó de la alcaldía el fracaso de su gestión en una cuestión menor como fue el referéndum de la Diagonal. Y es que a veces la ciudadanía escoge para juzgar a un político asuntos aparentemente menores y de manera caprichosa. Es una lección que Colau no debería olvidar.