Si por la exhibición de banderas fuera, la Comunidad de Madrid ya estaría libre de coronavirus, me dice siempre agudo un político ya retirado que acaba de ver en televisión la explosión de banderas españolas y de Madrid en la conferencia de prensa conjunta que han ofrecido Pedro Sánchez e Isabel Díaz Ayuso. La puesta en escena de los presidentes después de una reunión en la Puerta del Sol ha dejado el regusto de las reuniones que acaban convirtiéndose en un paripé: tan necesaria su celebración como inútil su desenlace. La expansión del coronavirus avanza sin control alguno en Madrid y en medio del más absoluto desgobierno, se diga lo que se diga. Ya sucedió la pasada primavera en que la negativa a cerrar la capital la acabamos pagando todos en las semanas siguientes, aunque decirlo así, con crudeza, sea objeto de irritación más allá del Ebre. Ahora Madrid sigue el mismo camino y, lejos de adoptar medidas contundentes para evitar la propagación de la Covid-19, se dedica a recordarnos, como si los catalanes no lo supiéramos, que Madrid es España y España es Madrid y sobre todo a hacer propaganda. Así, por ejemplo, la comunidad presenta unas medidas de control perimetrales que, en la práctica, no sirven para nada, ya que son tan porosas y permeables que detrás del titular no hay nada más. Tanto que la circulación entre los barrios contaminados y los que presentan unas cifras de contagio mejores se realiza sin ningún problema.

El president Quim Torra ha pedido a los catalanes que no viajen a Madrid si no se trata de una necesidad —para los despistados dispuestos a sacarle punta a todo, también pidió a los catalanes que no fueran a Igualada y la Conca d'Òdena durante el confinamiento o que no se desplazaran a zonas con niveles de infección altos— y que se realicen controles en origen tanto en trenes como en autocares de largo recorrido y en aviones. Si alguna experiencia tuvimos durante el largo confinamiento de antes del verano, es que eso es posible hacerlo y que una buena parte de las reuniones que a la vuelta del verano han ido cogiendo un ritmo normal y anterior a la pandemia pueden volver a ser temporalmente telemáticas. Hay que tomar conciencia de que Madrid vuelve a ser un polvorín y que el coronavirus está descontrolado. Ya no se trata tan solo de un tema sanitario y de que el sistema empieza a chirriar con hospitales aumentando demasiado rápido la ocupación de las camas disponibles. Estamos hablando de que la situación económica, de la que tan poco se habla, no hace más que empeorar y ya empieza a haber un cierto consenso entre los economistas en que España está perdiendo el tren y se está descolgando del resto de países europeos.

Se está produciendo, además, un caso alarmante, ya que la economía española es la única que no aguanta más de un par de meses los pronósticos que se hacen y en cada revisión su caída de PIB a final de año es mayor. Ahora Bloomberg, por poner un ejemplo, ya se apunta a una caída anual del 12%, lejos de países de nuestro entorno que han aprovechado mucho mejor la situación de los últimos meses para estabilizar la pandemia y alejarse de la ecuación incremento de la Covid-19 igual a caída de la economía. Italia lo ha hecho así, pero no ha sido el único, y se ha alejado de un pronóstico tan dramático como el español. Es cierto que la composición de la economía española descansa de manera importante en el triángulo turismo, hotel y restauración, pero eso solo no explica el mal comportamiento de España. En medio hay la falta de rumbo del gobierno de Pedro Sánchez, las disidencias entre los socios y el permanente escapismo del ejecutivo con medidas políticas para tapar su enorme ineficacia olvidando que Europa dará dinero a fondo perdido y en créditos, pero eso será en el 2021 y no nos sacará de la crisis.

Pero en este debate nadie quiere estar, ya que es desagradable y no acostumbra a dar votos. Es más fácil y cómodo vender humo y alimentar el nacionalismo español. 

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