Lo más descarnado de la situación que se vivió este martes con las detenciones por parte de la Guardia Civil de miembros de los Comités de Defensa de la República (CDR) fue la aparición de la acusación de terrorismo. Después del falso relato de rebelión parece abrirse paso ahora el falso relato de terrorismo. Y eso es una gran desgracia. No porque no lo sea, que no lo es, sino por la memoria de los que han pagado con su vida tras un atentado terrorista. Por desgracia, España sabe mucho de terrorismo. Demasiado. Y ha tenido que convivir con el de la banda terrorista ETA durante varias décadas. Se tuvo que acostumbrar a los atentados, a las víctimas, a los asesinatos. Por la memoria de los que fallecieron en Hipercor o en Vic por la sinrazón de una banda de criminales esa acusación no debe ser formulada en vano, o lo que es peor, por un puñado de votos. O, por ejemplo, más recientemente, Barcelona ha llorado, hace muy pocos meses, por el terrorismo yihadista en la Rambla. La memoria de Ernest Lluch no se merece que el que fue su partido, el socialista, participe de este despropósito, porque ello puede venir bien a los defensores de la unidad de España..

La banalización del terrorismo es un grave error. Un gravísimo error. No debería jugar con ello el Estado. ¿Es posible una acusación de terrorismo sin terrorismo? ¿Hasta donde quiere llegar el Estado español en su cruzada contra el independentismo? Muchos creen que estamos delante de una gran provocación ante la necesidad de aguantar su relato, que ya lo ha estirado al máximo, con una violencia imaginaria y recomiendan, sobre todo, calma, mucha calma. Es necesario que sea así. Cortar una carretera no puede ser terrorismo, eso lo sabe todo el mundo. No es que la gran mayoría de la sociedad catalana lo vea así, sino que el tema aterrizó casi sin quererlo en la sala de prensa de la Comisión Europea en Bruselas, cuyo portavoz tuvo que contestar hasta cuatro preguntas sin acertar una mínima respuesta.

Catalunya es una tierra de paz. Lo ha demostrado siempre. También en el rechazo masivo y constante a cualquier acto de violencia, por pequeño que sea.

En los últimos días parece que el Estado español y sus gobernantes estén sometidos a dos graves problemas de índole diferente. Por un lado, Europa invalida o cuestiona las órdenes de extradición de miembros del Govern catalán por parte de los jueces españoles. Ello ocasiona una gran tensión y una sensación de derrota evidente. España se enfrenta inicialmente a Alemania para después recoger velas a medida que ve que su estrategia molesta enormemente a los germanos, poco dispuestos a las lecciones y los insultos. Por otro lado, la bola del mastergate en la Comunidad de Madrid cada vez se hace más grande. Su presidenta está más fuera que dentro y uno de los jóvenes cachorros del PP, Pablo Casado, se ve también salpicado por un currículum falso. Demasiados problemas, quizás el principio del fin de Rajoy. Quien sabe, aunque el gallego ha demostrado que tiene muchas vidas.

En esas, emergen las acusaciones de terrorismo y los informativos amanecen manchados de la supuesta violencia catalana. Una fake news que necesita imperiosamente la palabra "terrorismo".

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