No hará falta esperar a final de mes para predecir que el verano ha sido un desastre y que el turismo extranjero ha caído en picado este agosto. La puntilla la ha dado Alemania, que ha seguido el paso de países como el Reino Unido o Italia, que han pasado a considerar toda España zona de riesgo por el coronavirus y que aplican a sus ciudadanos una cuarentena cuando regresan a sus países tras las vacaciones. Medidas coercitivas respecto a los viajes a España también han aplicado los gobiernos de Francia, Países Bajos y Bélgica. Los principales mercados extranjeros están desviando a otros destinos a sus ciudadanos ante la creciente sensación de alarma que se está generando en España por el aumento de número de positivos del Covid-19 que están ofreciendo los indicadores oficiales, y que ya llevan abiertamente a plantearse a las autoridades sobre si estamos o no en la segunda oleada.

Es evidente que no se ha encontrado el punto de equilibrio entre la salud, como máxima prioridad de todos los gobernantes, y la necesidad de que la economía no se derrumbe, algo que sucedería irremediablemente si hubiera un nuevo confinamiento. La introducción de nuevas medidas para proteger la propagación del coronavirus, como es la prohibición de fumar en espacios al aire libre si no se cumple la distancia de seguridad de dos metros, van en esta dirección, igual que el cierre de discotecas, salas de baile y bares de copas. Todo apunta a que el temido otoño desde el punto de vista sanitario puede estarse avanzando aunque también es posible que las autoridades hayan aprendido poco de lo que sucedió la pasada primavera y den más palos de ciego que cualquier otra cosa.

Estamos en el que todos los años es el punto álgido del verano y ni la Costa Brava ni la Costa Daurada ha puesto el cartel de completo. Una situación algo mejor es la del Pirineo aunque tanto La Vall d'Aran como el Alt Urgell, los dos Pallars o la Cerdanya tienen habitaciones de sobra. El miedo a los rebrotes ya es muy generalizado y las grandes ciudades tienen una ocupación inusual en un mes de agosto. En las sobremesas se habla y mucho de como será la vuelta de septiembre, del curso escolar y de la conciliación del teletrabajo y la vida familiar. Y, además, se ha instalado una alta desconfianza con lo que dicen los gobernantes y sus mensajes contradictorios.

No hay nada peor en la ecuación comunicación/credibilidad que mensajes dispares, y eso es lo que está sucediendo con un gobernante rebajando la alerta sanitaria y otro amplificándola. Ello conduce necesariamente al miedo y es lo primero que se tiene que combatir para aprender a convivir con el virus, algo a lo que vamos a tener que acostumbrarnos nos guste o no.

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